Miracula et Benefitia es obra del investigador italiano, especialista en hagiografía e historia religiosa, Marco Papasidero de la Università degli Studi di Palermo. El libro se publicó con motivo de la conmemoración del martirio del carmelita san Ángel de Licata (1220-2020), también conocido como Ángel de Sicilia o Ángel de Jerusalén, y contó con el auspicio del Institutum Carmelitanum. El autor se centra en el análisis de las actas del proceso sobre los milagros que obró el santo en la comunidad de Licata, compuestas por ciento trece testimonios, recogidos entre 1625 y 1627.
A comienzos de la segunda década del Seiscientos, una epidemia de peste bubónica asoló la isla de Sicilia. Pese a los estragos causados por el paso de la enfermedad, la ciudad de Licata tuvo un índice de mortalidad sorprendentemente más bajo que el de localidades próximas y una duración del estado oficial de epidemia de tan solo dos meses, de junio a agosto de 1625. Estas extraordinarias circunstancias se atribuyeron a la acción milagrosa de san Ángel y fueron uno de los factores desencadenantes del inicio del proceso. Dos hechos más se sumaron a estos sucesos. El primero de ellos fue la exhibición de las reliquias del santo, que se llevó a cabo en 1623 con motivo de la renovación de la urna-relicario, evento durante el cual se obraron muchos milagros. El segundo fue la pérdida de la documentación que había recogido los prodigios del mártir hasta entonces, a causa del mal estado de conservación. Estas razones confluyeron en la decisión de emprender el proceso, solicitado por un jurado del que formaba parte el alcalde de la ciudad y que contó con aprobación diocesana.
La primera parte del libro (pp. 17-204), estructurada en tres grandes capítulos divididos en varios subapartados, está consagrada al estudio de la documentación. A las conclusiones les sigue un apéndice que contiene la relación de otros santos citados en el proceso y los testimonios que en este hacen referencia al padre Sebastián de Siracusa, quien, en los últimos meses de su vida, estuvo a cargo del convento de San Ángel en Licata y fue protagonista de un proceso similar desde 1630. En la segunda parte del volumen (pp. 217-470) se incluye una cuidada edición de las actas. Las páginas finales ofrecen al lector, además de la bibliografía, diversos materiales complementarios: tablas explicativas (pp. 471-486), un glosario de términos (pp. 487-493) y varios índices, entre los que destaca uno de «cosas notables» (pp. 527-530). El libro cierra con la reproducción en color de doce magníficas imágenes extraídas de las actas o ilustrativas de lugares y hechos mencionados en la documentación, además de varias representaciones de san Ángel contemporáneas al período del proceso.
En el primer capítulo, «Sant’Angelo tra storia, legenda e devozione» (pp. 17-53), se ofrece al lector la información necesaria para comprender la evolución del culto al santo, desde la época del martirio en Licata, en el siglo XIII, hasta el inicio de la recopilación de las actas del proceso, y se destaca el rol determinante de su figura en la empresa de legitimación de la Orden de los Carmelitas en el movimiento mendicante. Es este el lugar para explicar también el origen y la naturaleza de la documentación estudiada: poco más de un centenar de testimonios reunidos en las actas por el notario de Licata, de 1625 a 1627, bajo el título de Miracula et Benefitia. Varios aspectos del culto al santo que serán determinantes en el contexto de los testimonios del proceso se detallan también en este capítulo. Sin duda, las acciones realizadas en torno al cuerpo de san Ángel tienen una función de mayor importancia. Uno de los actos más sobresalientes fue la generación de nuevas reliquias de contacto, que tuvo lugar durante el traslado de los restos del mártir de una urna a otra en 1623, a partir del despedazamiento del antiguo cajón de madera que contenía el cuerpo dentro de un relicario de plata. Este hecho propició la circulación de diminutos trozos del contenedor, a los que se atribuyeron toda suerte de virtudes taumatúrgicas o apotropaicas. De igual importancia era la exposición del relicario a la comunidad licatense, ya fuera en un altar o en procesión. Además de ser un evento religioso, en el transcurso del cual tenían lugar multitud de milagros, se trataba de un medio de cohesión social en torno al culto y a la figura del santo protector.
En este capítulo inicial, Papasidero utiliza por primera vez los términos praesentia y potentia (p. 31, n. 64), que aparecerán repetidamente a lo largo de toda la obra, para describir la cualidad de las distintas manifestaciones protectoras del santo. Pese a esta recurrencia, resulta llamativo que el autor no ofrezca una delimitación conceptual de ambas nociones, propuestas por Peter Brown en su ya clásica monografía El culto a los santos, cuya primera edición data de 1981, para referirse a los primeros siglos del cristianismo.
Precisamente, distintas manifestaciones de praesentia y potentia se analizan en el segundo capítulo, titulado «Taumaturgia, miracoli e devozione» (pp. 55-118), que constituye el eje central del estudio. Tres elementos simbólicos aseguraban la praesentia del santo y eran el origen principal de los milagros testimoniados: el agua de la fuente que, según el relato hagiográfico, brotó del lugar del martirio, el aceite de la lámpara que iluminaba el relicario y los trocitos de madera obtenidos del antiguo cajón desintegrado. En definitiva, todo aquello susceptible de haber estado en contacto, directo o interpuesto, con las reliquias del santo o con la capilla donde estas se conservaban adquiría las mismas virtudes que los propios restos del mártir y devenía fuente incontestable de milagros (p. 78). Según varios de los declarantes, la acción taumatúrgica de san Ángel se manifestaba también por medio de su presencia en sueños, luego de los cuales el devoto recuperaba la salud.
El autor consagra algunas páginas a demostrar que los exorcismos constituían, como señaló Brown para la sociedad tardomedieval, el paradigma de la potentia de san Ángel (pp. 90-104). El último apartado del capítulo se centra en el valor de la representación de las imágenes del santo como vectores de su praesentia a distancia, así como en los testimonios sobre la circulación de paneles y figuras votivas, cuya existencia solo se conoce gracias a la información consignada en las actas.
El capítulo final, «Medicina, lavoro e società» (pp. 119-197), reúne una nutrida variedad de testimonios que evidencian la relación complementaria entre medicina y devoción (taumaturgia), característica del período moderno. El elenco de los males que aquejaban a la población licatense ofrece valiosa información sobre las enfermedades y los remedios existentes en la comunidad a comienzos del siglo XVII. Así sabemos, por ejemplo, que la hernia era una de las dolencias que más afectaba a la población infantil. En el amplio abanico de posibilidades se confunden las causas y los métodos curativos de orden natural o científico con aquellos mágicos o sobrenaturales. En los casos de posesión y maleficios, el origen se creía estrechamente ligado a la acción de los demonios. De especial interés son las páginas dedicadas en este capítulo a la peste, ya que presentan un vívido cuadro de las condiciones de quienes la padecieron y del complejo entorno del lazareto; también ofrecen información relevante sobre los recursos médicos y taumatúrgicos a los que recurrían los enfermos o sus familiares. La figura de san Ángel, confirmado santo contra pestem, a través de la invocación o de la presencia de sus reliquias de contacto, se presenta siempre en los relatos como fuente de alivio físico y espiritual. Los restantes apartados demuestran con copiosos ejemplos el recurso al mártir en momentos de peligro relacionados con la vida cotidiana, los desastres naturales o el trabajo, con especial atención a una profesión de riesgo como la marinería. En este último caso, el autor analiza también la importancia de la actividad mercantil en la difusión de cultos y devociones por las rutas del Mediterráneo. Las páginas que cierran el capítulo abordan la presencia en las actas de los grupos de población considerados más vulnerables: mujeres, ancianos y niños cuyas dichas y desventuras están plasmadas en la documentación, la mayoría de las veces, por testimonios indirectos.
Miracula et Benefitia es, ante todo, un análisis pormenorizado y una encomiable edición, filológicamente rigurosa, de un conjunto documental al que no se le había dedicado ningún trabajo previo. Si bien es verdad que las actas del proceso poseen principalmente interés local, también lo es que el autor aborda cuestiones de carácter general para quienes se interesan en la hagiografía, la devoción y el culto a los santos en el período moderno. Cabe destacar la voluntad de adoptar una perspectiva comparatista, gracias a la cual el libro es rico en referencias y ejemplos ilustrativos.
La producción del relato de los milagros de san Ángel es una buena muestra de las dinámicas discursivas y simbólicas de legitimación de una imagen de santidad. La lectura de la obra permite asistir a la elaboración de una verdadera campaña de propaganda para confirmar al santo carmelita como patrono de Licata y respaldar la construcción de una iglesia votiva, cuyos trabajos iniciaron el mismo año que empezaron a recogerse las actas.
La obra de Papasidero es un aporte relevante para la historia cultural de la ciudad de Licata y la isla de Sicilia. Gracias a la variedad de testimonios y a la diversidad de campos de acción del santo, las actas contienen verdaderos cuadros de la vida cotidiana y proporcionan información valiosísima sobre la sociedad licatense en el siglo XVII. Sin duda, uno de los temas más interesantes y mejor ilustrados en el libro es el de la enfermedad y la convivencia de la medicina con los remedios de la fe y la devoción. La utilización que se hacía de las reliquias de contacto evidencia la importancia del uso háptico de objetos y elementos a los que se atribuían virtudes apotropaicas o taumatúrgicas, sin olvidar la inexorable relación de esta modalidad con prácticas de tipo mágico.
Sin deslucir el exhaustivo trabajo de Marco Papasidero, en ocasiones el lector puede tener la impresión de que ciertos aspectos de un mismo tema, que podrían haberse abordado de forma unitaria, aparecen en distintas secciones, lo cual genera algunas repeticiones innecesarias. Esto se observa, por ejemplo, en la decisión de tratar ampliamente el tema de la peste en un apartado, «La peste del 1625: tra malattia e devozione» (pp. 139-161), e incluir en otro el comentario sobre la iconografía de san Ángel como especialista contra pestem. Este último, sin embargo, acompaña al episodio de un milagro relacionado con la lactancia, «L’allattamento miracoloso» (pp. 161-168), que tal vez habría sido más adecuado narrar en las páginas que abordan los aspectos de la condición femenina incluidos en el proceso.
Más allá de estos aspectos menores, lo esencial es que la lectura de Miracula et Benefitia ofrece un verdadero catálogo de usos devotos orientados a la protección y la curación de diversas enfermedades, entre las cuales la peste ocupa un lugar central, y es todo un «archivio storico della memoria del miracoloso», como lo describe acertadamente el autor.