Es un hecho singular en el panorama de la historiografía española encontrar un libro sobre la historia del cristianismo antiguo escrito por un autor no eclesiástico; una rareza que se explica por la tardía llegada de la investigación y la enseñanza sobre esta materia a las universidades públicas. Lo habitual cuando se quiere recomendar a los estudiantes una obra sobre el cristianismo antiguo (y cada vez más universidades incluyen una asignatura de Historia de las religiones antiguas e Historia del cristianismo en sus programas) es recurrir a traducciones de textos extranjeros. La obra de síntesis de Jesús M.ª Nieto Ibáñez, catedrático de Filología Griega en la Universidad de León y un reputado estudioso del Humanismo y de los textos religiosos de la Antigüedad, es la segunda Historia del cristianismo antiguo publicada en España con una perspectiva no confesional. La primera fue una obra colectiva e interdisciplinar (con colaboración de historiadores, filólogos y teólogos) coordinada por dos grandes estudiosos del tema de la Universidad de Granada, el teólogo Manuel Sotomayor y el historiador José Fernández Ubiña (Historia del Cristianismo. 1. El mundo antiguo, ed. Trotta, Madrid, 2003, 968 págs.), ya en su cuarta edición. El libro de Nieto Ibáñez es notablemente más breve que este (265 págs.), como corresponde a la orientación de la colección en la que se incluye, Temas de Historia Antigua (coord. David Hernández de la Fuente), de la editorial Síntesis.
Nieto Ibáñez ofrece una visión general del cristianismo desde sus orígenes hasta el Concilio de Calcedonia (a. 451), que, con su definición dogmática de la naturaleza de Cristo y el rechazo del monofisismo, marcó la separación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. El libro pretende abarcar todas las dimensiones de la historia del cristianismo en ese periodo: los hechos históricos, las disensiones dentro de las distintas corrientes y la marginación de grupos considerados herejes, las prácticas de vida, la liturgia, la actividad misionera y el conflicto con el Imperio romano, además de incluir una historia literaria y un apéndice de textos (este en pp. 213-252). Escribir la historia del cristianismo en apenas doscientas páginas es el reto que el autor afronta y ya en la introducción reconoce que «después de haber revisado las fuentes (…), de haber reflexionado y haber escrito este libro, no puede darse una explicación de conjunto y totalmente convincente de las causas de cómo el cristianismo acertó a sobrevivir y propagarse (…), de cómo acabó convirtiéndose en la religión de todo el Imperio» (p. 14). Esta, en efecto, sigue siendo la gran pregunta sobre la historia primitiva del cristianismo y la que los estudiantes siempre formulan: ¿por qué triunfó el cristianismo? Nieto Ibáñez no tiene como objetivo responderla, sino analizar el cristianismo como religión histórica, lejos del sensacionalismo y el relato novelado de los hechos (p. 9).
La primera parte está dedicada a la historia desde el origen hasta el siglo V. Comienza (cap. 1 y 2) con el contexto judío de la figura de Jesús, retrotrayéndose hasta el siglo VI a. C., para seguir con una breve biografía de Jesús y su mensaje, la figura de Pablo de Tarso y los comienzos de la expansión cristiana, las primeras comunidades en Oriente (Palestina, Roma, Alejandría, Antioquía y Asia Menor, Mesopotamia y Persia) y en Occidente (África, Italia, Hispania y otras regiones). El capítulo 3 estudia el conflicto con la sociedad romana, incluyendo las persecuciones y la transformación de la Iglesia y el Imperio tras la conversión de Constantino. El capítulo 4 está dedicado a la organización interna de las comunidades, a sínodos y concilios (habría que decir aquí que los dos términos son intercambiables en el cristianismo antiguo), a la liturgia, el culto a los mártires y el monacato. El capítulo 5 aborda el conflicto doctrinal con un breve recorrido por las herejías, en las que se incluyen también algunos cismas, como el donatismo. El capítulo 6 se dedica a la historia literaria, desde la Septuaginta al Nuevo Testamento, los padres apostólicos y apologetas, la patrística griega y la latina. El último apartado lo constituye una selección de trece textos para ilustrar esta historia, que incluye fragmentos de Flavio Josefo, Hechos de los Apóstoles, Padres apostólicos, Plinio el Joven, Tertuliano, apologetas (Justino mártir y Taciano), actas de mártires, Clemente de Alejandría, Lactancio, Eusebio de Cesarea, Basilio de Cesarea y Teodoreto de Ciro. Cada texto, traducido por el autor, se acompaña de una breve introducción histórico-literaria y unas pautas para el comentario.
Nieto Ibáñez ha realizado algo que, como se ha dicho, escasea en la historiografía española, esto es, una síntesis histórico-literaria del cristianismo bien documentada y desde una perspectiva aconfesional. Como todas las síntesis —y esta es verdaderamente muy apretada— los temas están a menudo tratados con premura y apenas si es posible hacerse una idea de su complejidad y riqueza. Así, entre otros, el papel de las mujeres (pp. 94-95), que es muy notable desde los mismos orígenes (véase el libro de Antonio Piñeiro, Jesús y las mujeres, ed. Trotta, Madrid, 2014, que recoge y analiza los textos sobre las mujeres de los tres primeros siglos y discute si el feminismo de Jesús es o no cierto). Más atención merecería también la cuestión del martirio (pp. 124-125) por la importancia del fenómeno en la memoria y la formación de la identidad cristiana. Escaso es igualmente el tratamiento del monacato (pp. 126-129), un movimiento original del cristianismo que tiene una larga historia en la época medieval y moderna. El relativamente largo capítulo inicial sobre el contexto judío de Jesús (15 págs.) podría haberse reducido para dedicar algunas páginas más a la figura histórica de Jesús, con una discusión de las fuentes, cristianas y no cristianas, que hubiera ayudado a los estudiantes a entender el método crítico en la historia de las religiones. Por otro lado, algunos temas necesitan una mayor actualización. Así, por ejemplo, la llamada “persecución de Nerón” (pp. 73-74) no debe considerarse tal; no hubo realmente una persecución de cristianos hasta la época de Decio (en el año 250) y todavía no hay total certeza de que su orden de hacer un sacrificio general a los dioses fuera dirigida específicamente contra los cristianos. Habría también que matizar algunas afirmaciones, como que «los cristianos estaban fuera de la ley» a mediados del siglo III (p. 75), cuando en realidad no hay una legislación sobre ellos. Tampoco el cristianismo fue nunca declarado religión ilícita (p. 79), una condición que no se menciona en las fuentes antiguas, aunque se viene usando por los autores modernos. Las llamadas Actas de Elvira, datadas aquí sin más discusión en el siglo IV (p. 60), han sido intensamente discutidas en la historiografía reciente, que pone en duda que sean las actas de un solo concilio a principios del siglo IV, y defiende que se trata de una colección canónica de recopilación tardía (Vilella y Barrera). No está probado que fuera Galerio quien presionara a Diocleciano para iniciar la Gran Persecución (p. 81). No debería llamarse papas a los obispos de Roma, como se hace a menudo en el libro, hasta, como pronto, el siglo V, como el autor reconoce (p. 107). El donatismo, incluido en el capítulo 5.3 «La heterodoxia del siglo IV», debería tratarse en el apartado 5.4 «Cismas», porque eso es lo que fue, un cisma, aunque sus oponentes se empeñaran en calificarlo de herejía. El libro se habría beneficiado de una revisión que limara estos aspectos.
Pero este es un libro útil para los estudiantes de una materia necesaria en tiempos de “analfabetismo” religioso, en los que las sociedades son más diversas que nunca y en los que la religión, como factor de identidad y de potencial conflicto, no tiene visos de desaparecer. Sobre la relevancia de escribir nuevas síntesis históricas del cristianismo ha escrito Emanuela Prinzivalli, una de sus mejores estudiosas: «la historiografía sobre el cristianismo asume una función heurística central en el ámbito del conocimiento propio de la modernidad: percibirla como una historia residual o puramente sectorial equivale a ignorar que ella es el banco de prueba y el terreno sobre el cual se ha medido y se sigue midiendo la emancipación del conocimiento histórico. Lo cual, naturalmente, no significa que el historiador del cristianismo, para comprender en verdad esta historia, no tenga en cuenta que se trata de una historia de personas que viven, o dicen que viven, una fe determinada; al contrario, tiene la obligación de estudiar y comprender las diversas, e históricamente determinantes, “declinaciones” de la fe teniendo en cuenta la peculiaridad del fenómeno religioso» (E. Prinzivalli (ed.), Storia del cristianesimo I. L’età antica (secoli I-VII), Carocci Editore, 2015, p. 19). Así lo ha hecho Nieto Ibáñez en un libro que contribuirá a mostrar a los estudiantes que el cristianismo no es lo mismo que el catolicismo, una confusión a la que está acostumbrada la sociedad española por el largo dominio de la Iglesia católica en el ámbito social y educativo.