En 2022 se conmemoró el quinto centenario del fallecimiento de Elio Antonio de Nebrija. Con motivo de la efeméride vieron la luz diversas publicaciones sobre el ilustre humanista, entre las que se cuenta la monografía de Diego Moldes sobre el origen judeoconverso de Nebrija, que viene siendo objeto de debate desde hace décadas, concretamente después de que Américo Castro, gran debelador de judeoconversos, sugiriera esa posibilidad. En el debate han terciado en los últimos años autores como Pedro Martín Baños (2019Martín Baños, Pedro. 2019. La pasión de saber. Vida de Antonio de Nebrija. Huelva: Universidad de Huelva.), quien ha afirmado categóricamente que Nebrija no era converso, o Juan Gil Fernández (2021Gil Fernández, Juan. 2021. Antonio de Lebrija: el sabio y el hombre. Sevilla: Athenaica.), prologuista de la obra que nos ocupa, quien considera que sí lo era. Diego Moldes entra en ese debate con una monografía dedicada, exclusivamente, a «demostrar la probable ascendencia judeoconversa de Nebrija» (p. 23), si bien en el título del libro no habla de probabilidad, pues parece dar por segura esa ascendencia judeoconversa.
Diego Moldes es doctor en Ciencias de la Información y tiene una producción bibliográfica amplia y diversa en sus temas. Ha sido el coordinador del Comité de Actividades del Quinto Centenario de la muerte de Nebrija, lo que explica el gran interés que en él ha despertado la figura del insigne humanista. Su investigación tiene un cierto perfil periodístico y se ha realizado sobre la base de una bibliografía extensa, aunque no exenta de ciertas ausencias.
En el libro, caracterizado por una excelente redacción y de amena lectura, analiza lo que, en su opinión, son «siete aspectos clave» (p. 23) para probar sus orígenes judeoconversos. El primero de ellos le lleva a estudiar factores demográficos, sociológicos y de alfabetización en las tierras castellano-leonesas durante las fechas que abarca la vida de Nebrija. El segundo aspecto analiza la genealogía de Nebrija, basándose en los datos que el propio humanista ofreció sobre la misma, marcados por vaguedades, inexactitudes e incluso posibles ocultamientos. El tercero se refiere a aspectos de la educación de Nebrija y a su inclinación por el hebraísmo. El cuarto alude a los fuertes vínculos de los judeoconversos con la naciente imprenta. El quinto se centra en los problemas de Nebrija con la Inquisición, aludiendo también a la probanza de limpieza de sangre por la que tuvo que pasar su hijo Sancho para realizar estudios en Bolonia. El sexto aspecto se articula en torno a la personalidad y rasgos psicológicos que se atribuyen a Nebrija. Finalmente, el último arguye las relaciones del humanista con judíos y judeoconversos.
El libro finaliza con cuatro anexos que pretenden completar la imagen que se ofrece de Nebrija, con un encaje no bien resuelto en la obra y un cierto carácter reiterativo. También incluye la bibliografía consultada, así como la webgrafía.
Aunque el propio Moldes reconoce que es prácticamente imposible probar la ascendencia judeoconversa de Nebrija, se empeña en convencer al lector con un entusiasmo no exento de alguna vehemencia, e incluso, como afirma Juan Gil en su prólogo, usa un tono «polémico, pero cortés y moderado» (p. 13). Los argumentos que emplea para tratar de conseguir su objetivo en esos siete aspectos clave ya citados, también siguiendo las palabras del prologuista, en ocasiones parecen «débiles o no del todo convincentes» (p. 13). Posiblemente, las pruebas más convincentes del probable origen judeoconverso de Nebrija se encuentran en el análisis de los factores demográficos, sociológicos y de alfabetización. Más difícil es dejarse convencer por los argumentos que ofrece en relación con los otros seis aspectos clave que se tratan.
En relación con el segundo, los datos que el propio Nebrija ofreció sobre su biografía, no se puede olvidar que en el siglo XV no solamente los judeoconversos procedían a inventarse genealogías, pues era asimismo habitual, por ejemplo, entre las filas de la nobleza. Además, en esa centuria era también habitual que las personas tuvieran ciertos problemas a la hora de precisar aspectos biográficos, como la fecha de nacimiento. Asimismo, considera que el análisis de los nombres femeninos de la familia puede indicar una ascendencia judeoconversa, cuando posiblemente solo demuestran el seguimiento de las modas onomásticas del momento.
También es difícil tratar de corroborar el origen judeoconverso de Nebrija sobre la base de su interés por el hebraísmo, pues no solo los intelectuales cristianos nuevos mostraban ese interés: baste recordar que hubo también hebraístas que eran cristianos de natura, usando una expresión habitual en las fuentes del siglo XV. En cuanto a su conocimiento del hebreo, por otra parte insuficiente, se puede presuponer tanto que lo aprendió durante su esmerada formación, aunque no se conserven noticias que demuestren que fue así, como que lo aprendió por otros cauces, de lo que tampoco se tiene ninguna noticia. Moldes considera que posiblemente fue un aprendizaje familiar, favorecido por el hecho de que todavía en el siglo XV los judeoconversos hablaban entre ellos en hebreo, cuando en los procesos inquisitoriales es habitual la referencia a la incapacidad de muchos cristianos nuevos de hablar y entender fluidamente el idioma de sus ancestros judíos.
El tratamiento del cuarto aspecto tampoco aporta pruebas concluyentes de la ascendencia judía de Nebrija, pues no solo los judeoconversos tuvieron una estrecha relación con la imprenta. El quinto aspecto se centra en cuestiones especialmente mollares cuando se trata de los judeoconversos, pues se estudia el proceso inquisitorial al que fue sometido el humanista, así como la probanza de limpieza de sangre que tuvo que pasar su hijo Sancho para ingresar en la Universidad de Bolonia. En cuanto al proceso inquisitorial, en el mismo no hay ninguna alusión a la posible ascendencia de Nebrija, aunque, como bien dice el autor de la monografía, pudo haber escondido esos orígenes con éxito y eficacia; y en lo relativo a la probanza de limpieza de sangre, era un trámite por el que, a partir de determinadas fechas, estaban obligados a pasar todos los colegiales, así que su mera existencia no implica ningún tipo de sospecha sobre los orígenes del aspirante.
El sexto punto resulta, en mi opinión, especialmente controvertido, pues se trata de demostrar los orígenes judeoconversos del humanista sobre la base del análisis de su supuesta personalidad y sus también supuestos rasgos psicológicos, lo que parece arriesgado y desde luego escasamente concluyente. Por último, Moldes argumenta los lazos de Nebrija con judíos y judeoconversos para tratar de avalar su ascendencia cristiana nueva, aunque también reconoce que en el momento en que le tocó vivir, y teniendo en cuenta sus circunstancias, «era prácticamente imposible que no mantuviese relaciones con judíos y judeoconversos» (p. 122).
En suma, se trata de hipótesis, conjeturas y elucubraciones, en general muy sugestivas e incluso con un evidente poder de evocación. Sin embargo, no se va más allá, pues en ningún momento se ofrece alguna prueba documental que demuestre, sin lugar a dudas, el origen judeoconverso de Nebrija. Pero cierto es que se ofrece un completo elenco de las «conexiones judaicas de Nebrija» (p. 130), que parecen otorgar posibilidades de verosimilitud a la hipótesis que plantea Moldes como punto de partida de su monografía, aunque su demostración, hoy por hoy, siga resultando imposible. Como indica Juan Gil en la conclusión del prólogo, «no bastan estos argumentos para convencer a los incrédulos. Hacen falta documentos. Ya saldrán» (p. 14). Al tiempo.