La revisión de la materia hagiográfica en época postridentina
⌅Una de las consecuencias doctrinales derivadas del Concilio de Trento está relacionada con la revisión de la materia hagiográfica de procedencia medieval. En la última sesión del Concilio, la XXV, celebrada el 3 y 4 de diciembre de 1563, sobre “la invocación, veneración de las reliquias de los santos y sobre las sagradas imágenes”, se había afianzado la validez del culto a los santos en la Iglesia católica. Sin embargo, ya con anterioridad se habían abordado aspectos problemáticos que arrastraban estas devociones, por ejemplo, las polémicas derivadas de la escasa calidad de los escritos hagiográficos, repletos a menudo de contenido apócrifo y poco probado. Era una cuestión que había sido denunciada por muchos teólogos católicos reformistas desde principios de siglo, pero sin duda el escarnio que los luteranos hicieron de la calidad de los escritos hagiográficos impulsó la reacción de los católicos para acometer una revisión definitiva. 1 Sobre esta cuestión resultan imprescindibles los trabajos de Baños (2019; 2020).
En el Concilio de Trento no se llevó a cabo la revisión de los
escritos litúrgicos y paralitúrgicos, pero se establecieron las bases y
las directrices sobre cómo acometer esta tarea, y se encargó a la Sede
Vaticana la reforma del Breviario romano (1568) y del Misal (1570). Si bien esta reforma perseguía la homogeneización de los ritos
de los católicos, propició al mismo tiempo la revisión de las noticias
sobre santos que incluían. También en las mismas fechas vieron la luz
otras obras complementarias que respondían a la misma intención de
depurar los escritos de la tradición hagiográfica: como la edición del Martirologio de Usuardo (del siglo IX), revisado por Juan Molano (1568), o del Martirologio romano de César Baronio (1584)Baronio, César. 1598 [1584]. Martyrologium romanum ad novam kalendarii rationem et ecclesiasticae historiae veritatem restitutum Gregorii XIII Pont. Max. Typographia Vaticana, Bernardus Basa.
,
que se convirtió en el oficial para el catolicismo. Y también otros
autores eclesiásticos se ocuparon de revisar los grandes santorales,
para sustituir las compilaciones que se difundían desde época medieval,
derivadas principalmente de la Legenda Aurea de Jacobo de Vorágine.
La
primera gran empresa de revisión del santoral general la llevó a cabo
el obispo de Verona Luís Lippomano, uno de los presidentes del Concilio
de Trento en su segunda etapa (1551-1552), período en el que,
precisamente, se inició la publicación de los seis volúmenes de su
compilación, Sanctorum priscorum patrum vitae, numero centum sexagintatres, por gravissimos et probatissimos auctores conscriptae (1551-1558).
2
Véase una caracterización de este santoral en Boesch-Gajano (1990).
Como ya se evidencia en el título, el objetivo principal consistía en
revestir los relatos de los santos de la autoridad de los hagiográfos
que los hubiesen tratado, es decir, de autores graves y probados.
Y es que, en este período, en la historiografía, y por tanto, también
en la Historia de la Iglesia, la presencia de autoridades reputadas que
avalaran los hechos descritos era una garantía de autenticidad, y este
será un rasgo distintivo de la hagiografía postridentina.3
Esta
estrategia defensiva desplegada por la Iglesia católica en el campo de
la hagiografía, es paralela a la que se produjo en el campo de la
historiografía, ante el alud de historias reformistas que cuestionaban
las actuaciones de la Iglesia de Roma a lo largo de los siglos. Como
recuerda Cesc Esteve (2013, 103),
muchos autores, como César Baronio, instaban a la necesidad de revisar
la Historia de la Iglesia a partir del análisis crítico escrupuloso de
las fuentes documentales, procedimiento que se hacía extrapolable al
campo de hagiografía.
Sin embargo, la obra de Lippomano fue superada por la compilación del cartujo alemán Lorenzo Surio, De probatis sanctorum historiis (1570-75), que se convirtió en la verdadera piedra de toque de la
hagiografía reformada postridentina, y en el modelo de la hagiografía
crítica para los autores posteriores.4
Véase una caracterización de esta compilación, y un análisis del proceder de Surio, en Spanò Martinelli (1990).
Surio, aunque partió de la compilación de Lippomano, la aumentó
significativamente, modificó la estructura y amplió los criterios
empleados para legitimar las devociones. Como recuerda Baños (2019, 29)Baños Vallejo, Fernando. 2019. “Lutero sobre la hagiografía y los hagiógrafos sobre Lutero”. Studia Aurea 13: 7-40. https://doi.org/10.5565/rev/studiaaurea.349
, el alemán no fue tan restrictivo en el uso de
las fuentes y, aunque priorizó las historias probadas por autoridades,
dio también cabida a relatos de procedencia desconocida, siempre que,
como especificaba en el prólogo, inspiraran “confianza al lector
prudente, y muestren suficientemente estar escritas de buena fe, aunque
puede que o por incuria de los copistas, o por voluntad de quienes las
escribieron, o por algún otro caso los nombres de los autores fueron
omitidos” (Baños 2019, 29Baños Vallejo, Fernando. 2019. “Lutero sobre la hagiografía y los hagiógrafos sobre Lutero”. Studia Aurea 13: 7-40. https://doi.org/10.5565/rev/studiaaurea.349
). Es decir, Surio ratificó implícitamente el
valor de la tradición en la Iglesia, argumento que, como veremos, será
fundamental en la legitimación de las tradiciones locales, de las que
con frecuencia no se conservaban fuentes que las autorizaran.
En el contexto hispánico, muchos autores se pronunciaron sobre la cuestión y teorizaron sobre cómo proceder para legitimar los textos hagiográficos y depurarlos de elementos apócrifos e infundados. Se manifestó, por ejemplo, Melchor Cano, uno de los teólogos españoles más influyentes en la reforma conciliar, y asistente al segundo período del Concilio en calidad de teólogo imperial. En su magna obra, De locis theologicis (Salamanca, 1563), mostraba su preocupación por la presencia de contenido infundado en las historias de los santos: 5 La obra se publicó en Salamanca póstumamente, en 1563, pero la redacción debería situarse años antes. Probablemente inició la tarea en su período en Alcalá (1543-1546), y no concluyó los últimos libros hasta su regreso de Trento (1551-1552) (Cano 2006, LXX-LXXI). De hecho, en el Libro XI de la obra, cuando reflexiona sobre la hagiografía, se refiere a la publicación del santoral reformado de Lippomano como una novedad: “Cuando en años anteriores estuve en el Concilio de Trento oí decir a algunos que Luis Lippomano, obispo de Verona, atajaba este mal con una historia de las vidas de los santos editada con un método riguroso y responsable. Pero yo todavía no he podido ver esta historia ni ninguna otra que, entre las que han caído en mis manos, pueda aprobar” (Cano 2006, 649). Pese a que Cano declara no haber leído la obra de Lippomano, se advierte que ambos se expresan en términos muy similares sobre los inconvenientes que se siguen de la publicación de contenido apócrifo en las hagiografías, porque favorece la mofa de los protestantes (véase el fragmento del prólogo de Lippomano en Baños 2020, 442). Se hace evidente, pues, que estos planteamientos eran compartidos en la Europa católica, y probablemente expuestos en las sesiones del Concilio, en cuyo segundo período ambos coincidieron.
Está
muy justificada la queja de Luis Vives sobre ciertas historias
inventadas en la Iglesia. [...] Quienes con falsos y mendaces escritos
incitan a las almas de los mortales a dar culto a los santos, lo que
consiguen es que se pierda el crédito a lo verdadero por culpa de lo
falso. [...] la historia cristiana [...] es valorada por su verdad, no
por su deleite, ¿a qué viene ampliar el nombre de Historia a
invenciones y fábulas? Como si necesitasen de nuestras mentiras los
hombres santos de Dios [...]. Y esta cuestión proporciona a los impíos
una ocasión no pequeña de mofa, y a los piadosos, de llanto. [...]
Quienes consideran que no van a exponer con brillantez las famosas
proezas de los santos si no las adornan con fantasías, revelaciones y
milagros, perjudican enormemente a la Iglesia de Cristo (Cano 2006, 645-646, 648-649Cano, Melchor. 2006. De locis theologicis (Salamanca, 1563). Editado y traducido por J. Belda Plans. Biblioteca de Autores Cristianos.
).
Las empresas de revisión de la materia hagiográfica en el ámbito hispánico no se demoraron. Una de las primeras –y más difundidas– fue el Flos sanctorum del clérigo toledano Alonso de Villegas; el primer volumen de este santoral general reformado se publicó en 1578, y pronto se completó con cinco tomos más (publicados entre 1583 y 1603). También el jesuita Pedro de Ribadeneira publicó un Flos sanctorum general reformado (vol. 1 en 1599, y vol. 2 en 1604). Ambos santorales seguían el modelo de la compilación de Surio y asumían, por tanto, las nuevas premisas teológicas y criterios metodológicos que se habían impuesto en toda la Europa católica para legitimar la hagiografía.
Sin embargo, la
revisión de los santorales generales no abarcaba completamente la
problemática de las devociones. Urgía también la revisión de los
santorales locales para completar el objetivo. De hecho, ya Juan Molano (1573, f. 3v)Molanus, Johannes. 1573. Indiculus Sanctorum Belgii. Leuven.
había explicitado la conveniencia de que en cada territorio se dedicase
atención a “suae nationis sanctus”, como él hacía con su Indiculus Sanctorum Belgii, que completaba el martirologio de Usuardo que él mismo había revisado y enmendado pocos años antes (1568).
6
Sobre la defensa de Molano para recuperar la hagiografía local, véase Soetaert (2020, 2-10). Este interés por las mártires locales fue general en el periodo en toda la Iglesia Católica (Urbano 2004, 275). De hecho, los martirologios latinos locales pronto fueron traducidos a las lenguas romances (sobre el caso flamenco, véase Soetaert 2020, 11-21).
Incluso en la misma Roma proliferaron las obras que ensalzaban el
pasado martirial de la ciudad eterna reivindicando la figura de mártires
excluidos del breviario; prueba de ello es, por ejemplo, la Historia
delle sante vergini romane […] con alcune vite breui de’ santi parenti
loro, e de’ gloriosi martiri Papia e Mauro, soldati romani, de Antonio
Gallonio Romano (1591).
Y tampoco en los territorios
hispánicos faltaron las iniciativas. A menudo se trataba de obras
orientadas exclusivamente a este fin, como la Historia ecclesiástica y flores de santos de España, del dominico vasco Juan de Marieta (1594); el Martirologio
dos santos de Portugal e festes geraes do Reyno: recolhido dalguns
autores e informações por alguns padres da Companhia de Jesu (1591), del jesuita Álvaro Lobo; o la Historia general de los santos y varones ilustres en santidad del Principado de Cataluña,
del dominico Antoni Vicenç Domènec (1602). En otras ocasiones, en
cambio, la materia hagiográfica se insería en obras historiográficas de
un alcance más general, como ocurre en la Corónica general de España (1574) del jerónimo Ambrosio de Morales, o en la que hubiera sido la Història cathalana del jesuita Pere Gil, que quedó inacabada, y de la que, no obstante, se
han conservado los apuntes de trabajo dedicados a la revisión de las Vides dels sants de Catalunya (ca. 1600)Gil, Pere. ca. 1600. Vides dels sants de Catalunya (ms. 235 de la Biblioteca Pública Episcopal de Barcelona).
.7
Sobre la revisión de la hagiografía local en el contexto catalán, véase Arronis (2024).
En la mayoría de las obras mencionadas, en los paratextos
introductorios, se repetía una serie de lugares comunes relativos a la
necesidad de revisar la materia hagiográfica. La urgencia de evitar la
calumnia y la befa de los herejes en relación al culto a los santos, se
presentaba a menudo como una razón de peso que justificaba los
esfuerzos, y para rebatir estos argumentos, se optaba por la
legitimación de las devociones con criterios de autoridad, y por la
purga de los contenidos apócrifos e infundados que habían provocado el
descrédito de la materia. Se recordaba, además, que ese afán por
preservar los textos de elementos apócrifos no era nuevo en la Historia
de la Iglesia, sino que ya casi mil años antes, en el Decreto Gelasiano
(atribuido al papa Gelasio I), se había alertado sobre la necesidad de
evitar ese mal en las historias de los santos (Baños 2020, 430Baños Vallejo, Fernando. 2020. “‘Lanzarían grandes carcajadas’: Lo apócrifo del flos sanctorum y la burla de los protestantes”. Rilce. Revista de Filología Hispánica 36 (2): 428-452. https://doi.org/10.15581/008.36.2.428-52
).
Con todo, estas declaraciones de intenciones de los prolegómenos normalmente no incluían la descripción de un método crítico sobre cómo proceder a la hora de revisar las historias para legitimarlas. En el contexto ibérico solo encontramos dos excepciones: el caso de Ambrosio de Morales y el de Pere Gil, que sí describen una serie de criterios para fundamentar un método hagiográfico. 8 No es casual que se trate de dos historiadores. Como recuerda Esteve (2013, 107), en esta disciplina, en la época, regía “la preocupació d’historiadors i crítics per refinar les tècniques de recerca i de lectura d’històries”, por lo que proliferaron “les discussions sobre com trobar la manera d’identificar els testimonis i les fonts documentals més fiables i examinar-los amb rigor […] els debats sobre com eradicar les males pràctiques de la professió, xifrades en errors i vicis que s’atribueixen a la ignorància i la negligència dels historiadors”. Estas formulaciones, hasta ahora, no habían sido confrontadas, y como demostraré, Pere Gil hizo suyo el método crítico propuesto por Ambrosio de Morales, aunque sin declarar su procedencia.
El modelo de Ambrosio de Morales
⌅Ambrosio de Morales (O. S. H., 1513-1591), cronista de Felipe II, continuó la obra que Florián de Ocampo, su predecesor en el cargo, había iniciado, una crónica general de España que, a su muerte, había quedado incompleta. 9 Sobre la figura y la obra de Morales, véase Gimeno y Sánchez. Morales, sin embargo, se mostró mucho más riguroso que su predecesor en los criterios establecidos para abordar los estudios históricos. De hecho, el jerónimo fue una figura clave en el fundamento de la historiografía de la época, al proponer un método crítico riguroso que conjugaba el estudio de las fuentes documentales con el análisis paleoarqueológico, y así lo declaraba en la introducción de la Corónica General, cuando aludía a los materiales a los que había recurrido para describir la historia “con certidumbre”.10 Véanse, en el prólogo, los ff. 7v-8r. La descripción de este método la desglosaba de forma más minuciosa en el apéndice del segundo volumen de la Corónica (Libros XI y XII), publicado en 1575 con el título de Las antigüedades de las ciudades de España que van nombradas en la Corónica, con la averiguación de sus sitios y nombres antiguos. En el “Discurso general” introductorio de este tratado, Morales declaraba sus principios metodológicos para estudiar las antigüedades, estableciendo los trece puntos que consideraba esenciales para fundamentar el conocimiento de la historia antigua de España.
No es el único lugar donde Morales expuso los principios metodológicos que había seguido. Al final del Libro VIII de la Corónica General de España (1574, 208r-216v), también describió “Las maneras que se tuvieron en dar authoridad a lo que de los santos de España de aquí en adelante en los libros siguientes se ha de escrivir” (Morales 1574, 208r), y expuso los seis criterios en los que había fundamentado la certeza moral de las hagiografías que incluía. 11 En el prólogo de la Corónica ya había anunciado la inclusión de estos principios metodológicos en relación a la materia hagiográfica: “escriví de cada uno de nuestros santos naturales de España, o que predicaron o murieron en ella [...]; tuve advertencia que las cosas que se dixessen de los santos fuessen dignas dellos, y bien authorizadas, con la certidumbre possible. Y antes de entrar en el libro nono, escreví por sí en un discurso lo que para esto puede servir, y yo siempre seguí” (Morales 1574, f. 6r). El lugar no es casual, puesto que es a partir del Libro noveno que se ocupa de la era cristiana; de hecho, el primer capítulo de este libro abarca desde el “Nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo, hasta la muerte del Emperador Augusto César”, y, por tanto, solo a partir de este punto de la obra empiezan a figurar las hagiografías. En realidad, ya años antes de la confección de la Corónica, Morales había reflexionado sobre las fuentes que permitían legitimar las vidas de los santos; prueba de ello es la misiva que dirigió a la orden de los jerónimos con las “instrucciones para escribir vidas de santos” en 1566, que preludiaban esta formulación posterior (Martínez-Burgos 1990, 212-214).
Este método crítico estaba influido por la metodología de los
lugares teológicos desarrollada ampliamente por el dominico Melchor
Cano, de quien Morales se consideraba discípulo, ya que había sido
alumno suyo durante el breve período en que Cano ocupó la cátedra Prima
de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares (1543-1546). En De Loci Theologici,
el dominico había identificado los lugares donde se podían fundamentar
los argumentos más relevantes para demostrar las verdades reveladas del
catolicismo. Influido por este modelo, Morales, en sus obras
historiográficas, aplicó un método similar, e identificó los lugares que
le permitirían distinguir la verdad o la probabilidad de los hechos (Galdeano 2013, CCLIIGaldeano Carretero, Rodolfo. 2013. “La Història moral de Cathalunya de Pere Gil (1550-1622) i la historiografia catalana de l’època moderna”. Tesis doctoral. Universitat de Girona. https://www.tdx.cat/handle/10803/675159?show=full
).
12
La
influencia de Cano en la obra de Morales es grande –quizá más de lo que
se ha puesto de manifiesto–, y en esta cuestión, en lo tocante a la
hagiografía, se puede observar cómo el cronista imperial se hace eco de
algunas consideraciones del dominico con gran fidelidad (véase un
ejemplo representativo en la nota 29 de este trabajo).
Por su parte, el propio Cano había reflexionado en el capítulo sexto
del Libro XI, sobre los lugares en los que debía fundamentarse la
historia eclesiástica, y así lo recordaba el cronista:
El
padre maestro fray Melchior Cano, obispo de Canaria, cuyo discípulo yo
fuy, y estimo como es razón haverlo sido, y haver sido muy amado dél,
con mucha affición que me tuvo,
13
Corrijo “tnuo” del original.
en su insigne obra De los lugares theológicos trató con gran diligencia y con aquel su singular juycio qué tanto
crédito se debe dar en la Iglesia christiana a una historia, y cómo y
por quáles causas merece más o menos ser tenida por verdadera. Todo
aquello se puede y deve aplicar a las historias de los santos (Morales 1574, 212vMorales, Ambrosio De. 1574. Corónica general de España. Alcalá de Henares: Juan Íñiguez de Lequerica.
).
Morales asumía estas premisas generales y, fiel a su anhelo de rigor histórico, también explicitaba la necesidad de indagar en la verdad de los hechos tocantes a las vidas de santos para evitar los daños que se derivan de la propagación de historias inventadas:
Tengo
mucha cuenta […] ser el fundamento de qualquiera historia […] la verdad
y certidumbre en las cosas que se han de contar, mas mucho más es
necessario y se requiere esto en la historia de los santos, que tiene
mayor respecto y fin del cielo, y pone miedo de gran offensa de Dios
qualquiera pequeña falta que en esto uviere. Por lo cual se ha de
procurar con mayor cuydado el authorizar lo que se escrive de los santos
por todas las maneras christianas, graves y sustanciales que se
pudieren hallar, para dar mayor crédito a la escritura y assegurar a los
lectores de ser cierto y verdadero lo que en ella se refiera (Morales 1574, 208rMorales, Ambrosio De. 1574. Corónica general de España. Alcalá de Henares: Juan Íñiguez de Lequerica.
).
Influido por el método de Cano, Morales formuló su propuesta metodológica, donde estableció los principales lugares en los que se podían fundamentar las historias de los santos para
dotarlas de legitimidad. Diferenció seis: 1) los escritos de los
notarios de la Iglesia primitiva sobre las pasiones de los santos; 2)
los procesos de los mártires cuando estos fueron juzgados y condenados;
3) los escritores graves y de autoridad que han escrito sobre los
santos; 4) lo que se relata de los santos en los oficios y fiestas; 5)
los santorales antiguos; y 6) las tradiciones consentidas por la
Iglesia. Consideró también un último criterio relevante que podía
aportar certidumbre y autoridad a las hagiografías, como eran las bulas
de canonización papales, que, sin embargo, desestimaba en esta ocasión
por cuestiones cronológicas, ya que no podía aplicarlo en el caso de los
santos tratados en su obra: “dexé de poner este lugar, porque no podía
servir para los santos de quien yo escrivo, hasta la destruyción de
España, ni hasta muchos años después” (Morales 1574, 216vMorales, Ambrosio De. 1574. Corónica general de España. Alcalá de Henares: Juan Íñiguez de Lequerica.
).
Morales no se limitó a enunciar estos lugares, también glosó las razones y motivaciones que fundamentaban la elección, y aportó ejemplos destacados de cada caso. En consecuencia, cuando a lo largo de la obra refería la vida de algún santo, indicaba cuáles eran los lugares que daban autoridad a los hechos narrados, y de dónde procedían las informaciones.
El ascendiente de Morales sobre la historiografía hispánica de su tiempo fue grande, y también, como ahora comprobaremos, en el campo de la hagiografía, ya que influyó notablemente en autores posteriores. 14 Sobre la influencia de Morales en hagiógrafos españoles posteriores, véanse las consideraciones recogidas en Arronis (en prensa).
La adaptación de Pere Gil
⌅Pere Gil (S. I., 1551-1622), teólogo e historiador, fue una figura destacada de la Compañía de Jesús, y en general, de la Barcelona de la época. 15 Véase una breve biografía en Galdeano (2015, 44-45) Fue autor de obras de naturaleza edificante, pensadas para el ejercicio individual de los seglares,16 Por ejemplo, un ars moriendi, Modo de ajudar a ben morir, als qui per malaltia, ò por justícia moren (Barcelona, Joan Amellò, 1605); o la traducción de la Imitatio Christi (Barcelona, Sebastià Mathevat, 1621), obra clave en la espiritualidad renovada y esencial en la sensibilidad ignaciana. pero, sin duda, su obra principal fue la Història cathalana, que quedó inacabada y solo se ha conservado manuscrita. La integraban diversos libros: el primero, dedicado a la Història natural (geográfica) del territorio; el segundo, a la Història moral, es decir, a sus moradores; un tercero, que no se ha conservado, se ocuparía de la Història eclesiàstica; y, quizá, un cuarto y último, se centraría en la materia hagiográfica.17 Véase la edición del primer libro en Iglésies (2002 [1949]), y la del segundo, en Galdeano (2017). En el estudio introductorio de Galdeano (2017, LXXIV), a partir de las referencias internas que aparecen en los dos primeros libros de la obra, se reconstruye cuál habría sido el índice y los contenidos del libro dedicado a la Historia eclesiástica, hoy perdido. De esta última parte solo nos han llegado los materiales de trabajo, unos setenta folios que se encuentran ligados al final del primer libro dedicado a la geografía de Cataluña.18 Véase la descripción codicológica en Fàbrega (1958).
En estos apuntes, después de unos capítulos introductorios, se pueden diferenciar tres secciones: una primera dedicada a vidas de santos de Cataluña (Gil, ff. 16r-39r), que incluye una veintena de vidas de santos de las diferentes diócesis catalanas, especialmente de la de Barcelona; una segunda, dedicada a personajes virtuosos de Cataluña que no han sido canonizados (ff. 40r-46v), con solo nueve capítulos; y la última, que contiene una numeración diferente, reúne más de un centenar de vidas de mártires de toda la Península (Gil, II, ff. 1r-25v). 19 En nota, en el margen inferior, indica que, antes de esta sección dedicada a santos de otras provincias de España, faltaría incluir un capítulo también de alcance hispánico: “Falta aquí c. 4, dels primers bisbes que los apòstols sant Pere i sant Pau enviaren a España, com està en lo lib. 3 de la Història Ecclesiàstica” (Gil, “Sants d’Espanya”, f. 1r), y, de hecho, en el códice, los dos folios precedentes están en blanco. Los relatos son de extensión variable, y algunos de ellos quedaron incompletos: bien porque dejó espacios en blanco en mitad de un capítulo (probablemente para completarlos más adelante),20 En ocasiones, en el margen de estos huecos, indica que está pendiente realizar alguna búsqueda para averiguar alguna información, o que se debe consultar a algún autor. bien porque Gil solo anotó la rúbrica inicial de determinados capítulos (que no llegó a redactar).
No sabemos con seguridad de qué manera se habrían integrado definitivamente las vidas de santos que nos han llegado dentro del conjunto historiográfico. Como apunta Galdeano (2017, LXXII-LXXIII), las referencias y alusiones internas que se leen en el primer libro de la Història Cathalana, muestran que en el diseño inicial Gil consideraba integrar la primera de las secciones, dedicada a las “Vidas dels sants de Cathalunya que foren naturals o visqueren o moriren en ella, o las relíquias principals dels quals se troban en Cathalunya, extensament referidas” (Gil, f. 13r), en el tercer libro, el dedicado a la Historia eclesiástica. En cambio, en la redacción del segundo libro, ya alude a la existencia de un cuarto dedicado solo a las vidas de santos. Todo apunta a que el plan hagiográfico de Pere Gil fue modificándose a medida que reunía materiales, por lo que consideró, quizás, el interés de disponerlos todos juntos, como una especie de tratado semiindependiente: un cuarto libro que fuera una especie de martirologio de alcance hispánico, con un destacado protagonismo de los mártires catalanes. 21 El segundo volumen, dedicado a la Història moral de Catalunya, también incluye al final unos capítulos dedicados a la historia del resto de los reinos peninsulares (Asturias, León, Galicia, Castilla, Navarra, Portugal...) (Galdeano 2017, CII), es decir, también supera el alcance geográfico catalán. Parece que la forma de proceder de Gil tiende más a abrazar e incluir, que a restringir. Tampoco el hecho de contar con una foliación diferente en cada apartado hagiográfico (vidas de santos catalanes y vidas de santos hispánicos) puede ser sintomático de una división formal del material. Otros santorales también presentan numeraciones distintas en cada una de las secciones: lo comprobamos en el santoral castellano de Alonso de Villegas, o en el catalán de Antoni Vicenç Domènec.
Pero lo que me ocupa en esta ocasión es uno de los capítulos introductorios, el segundo (ff. 13r-15r),
22
El
primero, que se ocuparía de los beneficios espirituales que se derivan
de la lectura de las vidas de santos, no se ha conservado, y solo
tenemos noticia de él por las alusiones internas; al inicio del segundo
cuaderno, se explicita: “En lo precedent quadern, que és lo primer, se
escriu lo pròlech y lo primer capítol: De las utilitats que resultan de
legir las vidas dels sants” (Gil, f. 13r); asimismo, el capítulo segundo
se inicia afirmando: “Declaradas en lo precedent capítol algunas de las
moltas utilitats que resultan de la contínua y devota lliçó de las
vidas dels sants [...]” (Gil, f. 13r).
donde se hace
evidente la dependencia del modelo de Morales. En este capítulo, Gil
expone los principios metodológicos que afirma haber seguido, y que
insta a seguir, para escribir las vidas de los santos, “Dels modos ab
los quals se poden y deuen saber y escriurer las vidas dels sants ab
certitut moral que tinga autoritat” (f. 13r). Dedica los primeros
párrafos a argumentar la necesidad de legitimar los relatos para evitar
la inclusión de contenidos apócrifos o poco probados, y señala cómo la
presencia de estos elementos ha dado pie al escarnio protestante contra
las historias de los santos, un argumento frecuente en los prólogos de
las nuevas compilaciones reformadas. En consecuencia, y con el
fin de evitarlo, declara una serie de criterios –siete– sobre los que
deben fundamentarse las historias de los santos para acreditarlas y
conferirles autoridad: los mismos que ya había formulado Morales, aunque
sin citarlo explícitamente. La influencia de Ambrosio de Morales en
toda la obra de Pere Gil es evidente, y no se limita a este punto. Es,
probablemente, una de las fuentes más citadas en la Història moral de Cathalunya, el libro segundo de la Història cathalana, y también se le cita con frecuencia como autoridad de referencia en los apuntes dedicados a las Vides dels sants de Catalunya.23
También
tuvo un gran influjo en la obra de otros historiadores catalanes más o
menos coetáneos, como Antoni Viladamor y Jeroni Pujades. Sobre la
consulta y utilización de la Corónica de Morales, véanse las consideraciones de Eulalia Miralles (Viladamor 2007, 89, 131-132).
De hecho, en este capítulo introductorio lo situa, junto a los
principales hagiógrafos europeos, como la principal autoridad en la
materia en el contexto hispánico: “[...] són també de molta auctoritat,
com en nostres temps són Lipomano, Laurencio Surio, Ambrosio de Morales,
en lo que toca als sants de España, y altres” (Gil, f. 14v). Pero su influjo supera con creces la mera alusión como autoridad, o el aprovechamiento de los materiales de la Corónica. Galdeano (2013, CCLI-CCLII)Galdeano Carretero, Rodolfo. 2013. “La Història moral de Cathalunya de Pere Gil (1550-1622) i la historiografia catalana de l’època moderna”. Tesis doctoral. Universitat de Girona. https://www.tdx.cat/handle/10803/675159?show=full
, además de identificar numerosas dependencias
textuales, apreció también la influencia del método historiográfico
aplicado por el jerónimo cordobés, y consideró que este método “té la
seva correspondència en els set llocs que Pere Gil fixa en la Vida dels sants de Cathalunya per dotar les hagiografies de ‘certitut moral y auctoritat convenient’” (2013, CCLVGaldeano Carretero, Rodolfo. 2013. “La Història moral de Cathalunya de Pere Gil (1550-1622) i la historiografia catalana de l’època moderna”. Tesis doctoral. Universitat de Girona. https://www.tdx.cat/handle/10803/675159?show=full
). Es decir, Galdeano dio por supuesto que esta
formulación metodológica sobre los escritos hagiográficos era genuina
del jesuita reusense, y no advirtió la dependencia directa.
Ya anteriormente Fàbrega (1958, 7)Fàbrega Grau, Àngel. 1958. “El P. Pedro Gil, SJ. (mort 1622) y su colección de vidas de Santos”. Analecta Sacra Tarraconensia XXXI: 5-25.
había considerado que estos principios expuestos por Gil constituían
“un interesante tratado de hagiografía crítica” de elaboración personal:
En
la introducción al interesante capítulo segundo, Gil subraya la
necesidad de que las vidas de los santos se escriban con toda probidad
científica, es decir, que sin dejarse engañar por afección o piedad
indiscreta, se refiera en ellas sólo la verdad de la vida y los milagros
de los santos [...]. Invocada la autoridad del papa san Gelasio y del
Concilio de Trento, Gil expone los puntos básicos de su metodología
hagiográfica para que las historias de los santos “tengan certeza moral y
autoridad conveniente”. Según nuestro autor el hagiógrafo ha de
apoyarse en testimonios fidedignísimos y de autoridad indiscutible (Fàbrega 1958, 7-8Fàbrega Grau, Àngel. 1958. “El P. Pedro Gil, SJ. (mort 1622) y su colección de vidas de Santos”. Analecta Sacra Tarraconensia XXXI: 5-25.
).
También Betrán (2022)Betrán Moya, Jose Luis. (2022). “Sobre santos y santas extravagantes en las hagiografías catalanas del Barroco”. En Santos extravagantes, santos sin altar, mártires modernos, editado por Eliseo Serrano y Jesús Criado. Sílex.
asume su originalidad, y llama la atención sobre el peso que otorga al
valor de la tradición como criterio de autoridad, aunque como ya se ha
dicho, es un criterio formulado explícitamente por Morales.
24
“...
resulta interesante reparar del listado que daba Gil para confeccionar
con cientificidad cualquier hagiografía, la que hacía referencia al peso
de la tradició local. [...] Gil admitía pues, como un valor acceptable,
el peso de la tradición para mantenir vivas ciertas devociones” (Betrán 2022, 266-268).
Torres (2014, 87)Torres Sans, Xavier. 2014. “La ciutat dels sants: Barcelona i la historiografia de la Contrareforma”. Barcelona quaderns d’història 20: 77-104. https://raco.cat/index.php/BCNQuadernsHistoria/article/view/277939
, al referirse al planteamiento metodológico del
jesuita, advierte, en cambio, la sintonia de Gil con el proceder de
Baronio en el Martirologio,25
Torres (2014, 87) aprecia la sintonía con Baronio en relación al
posicionamiento sobre “els escrits apòcrifs i les anomenades veritats
dubtoses en assumptes de santificació”.
aunque nota
las diferencias al respecto, pues Gil admite la autoridad de la
“‘tradició eclesiàstica’ en la matèria i els anomenats ‘santorals
antics’ de les esglésies catalanes”, principio que Torres interpreta
como “una forma potser de prendre les distàncies respecte de Baronio i
el santoral romà o normatiu”. Pero esta sensibilidad ya se encontraba en
santorales generales como el de Surio, había sido asumida por tantos
otros hagiógrafos al ocuparse de la hagiografía local, y formulado como
criterio específico por Morales.
Como ahora pongo de manifiesto, toda la exposición de Gil resume lo que Ambrosio de Morales había argumentado con mayor detalle para acreditar la necesidad de legitimar los escritos hagiográficos, y los lugares que establece como principales criterios de autoridad son exactamente los mismos. Si en la obra de Gil son siete, en lugar de seis, es porque incorpora también el criterio de las bulas papales, explicitado por el jerónimo, pero desestimado, dada la cronología de la materia que le ocupaba. Incluso los argumentos y ejemplos que se incluyen para ilustrar cada caso son los mismos, aunque Gil abrevia significativamente las exhaustivas exposiciones de Morales y las adapta al contexto catalán y al tiempo en que escribe, más de veinticinco años después, cuando ya se han llevado a cabo diversas iniciativas para legitimar el culto a los santos y regular sus devociones.
Así, podemos observar que algunas ampliaciones introducidas por Gil en relación con el texto de Morales se refieren a cuestiones acaecidas tras la redacción de la Corónica, como las alusiones a la autoridad del Martirologio romano de Baronio, publicado en 1584 (en el criterio quinto); la referencia a las funciones de la Sagrada Congregación de Ritos, creada en 1588 por el papa Sixto V (en el criterio séptimo); el recuerdo de las aplicaciones de los decretos tridentinos (en la introducción), etc. En otras ocasiones, las interpolaciones de Gil especifican las particularidades de su corpus e indican, por ejemplo, cuáles han sido los principales lugares a los que ha podido recurrir para certificar las vidas de los santos de Cataluña, como se lee al final del criterio segundo, relativo a los procesos antiguos, y del sexto, sobre las tradiciones. En la conclusión del capítulo también describe la sistematización que hará de la información en cada caso.
Solo existe un criterio que Gil modifica ligeramente, ampliándolo. Si en el criterio segundo Morales se había limitado a mencionar la autoridad de los “Processos hechos contra los santos mártyres”, Gil la amplía para añadir, además, “altres processos fets per superiors ecclesiàstichs dels sants”. Considera el jesuita que los procesos elaborados por autoridades eclesiásticas, como los obispos, para conservar las noticias de la vida de algún santo –mártir o confesor–, también son homologables a los procesos hechos contra ellos, a la hora de certificar la autenticidad de los hechos. Ciertamente, esta ampliación del criterio podría ser equivalente a lo que se declara en el criterio tercero, “Lo que escriuen los sants e historiadors graves”, pero parece que este lugar Gil lo restringe a la autoridad de escritores reconocidos y tenidos por graves, y no considera que las noticias recogidas por las autoridades eclesiásticas tengan cabida en ese punto. Esta ampliación de criterio es significativa en el caso del jesuita, pues parece derivarse de su propia experiencia de campo en la revisión de las hagiografías. De hecho, cuando describe este criterio, hacia el final, insiste en recordar que este lugar ha sido clave en su trabajo, “com en lo discurs de alguns sants de Cataluña se veurà” (Gil, f. 14r). Tanta es la importancia que le otorga, que también en el criterio séptimo, que fundamenta a partir de las consideraciones de Morales sobre la autoridad de las bulas de canonización papales, insiste en la validez de los procesos locales: “y ayxí és de gran auctoritat, y també los processos que fan los bisbes en informacions de sants o de sos miracles y relíquies” (Gil, f. 13v).
Aparte de estas modificaciones, en la exposición de Gil encontramos realmente pocas digresiones argumentativas que no procedan de Morales. He advertido apenas cuatro. Las dos primeras, en la introducción, se aprovechan para enmarcar la labor de revisión de la materia hagiográfica en el contexto de la polémica entre católicos y protestantes sobre el culto a los santos. Por un lado, leemos una alusión explícita a los escritos de los herejes en los que se han señalado elementos apócrifos en las vidas de los santos:
… la relació verdadera que alguns malvats heretges de Alemanya, Inglaterra y altres parts han fet [...] contra las vidas compostes per alguns cathòlichs de alguns sants, en los quals trobavan cosas falsas o apròcrifas o incertas o duptosas (Gil, f. 13r).
Por otro, vemos cómo Gil alinea su proceder metodológico con las principales iniciativas similares del catolicismo, pues refiere que los criterios que declara equivalen a los “modos que en Roma, Itàlia, França, España y altres províncias de la cristiandat se tingueren y observaren per a dar auctoritat a las cosas que de las vidas y martyris y morts gloriosas y miracles dels sants [...]” (Gil, f. 13r). Estas dos ideas, por tanto, revelan que el jesuita percibía su empresa como parte del conjunto de actuaciones acometidas en el contexto católico como respuesta a la polémica protestante, y que actuaba en consonancia.
La tercera digresión que no parece proceder de Morales, se expone al inicio del criterio tercero (el referido al testimonio de escritores graves), cuando incorpora el ejemplo bíblico de san Lucas para fundamentar la tradición de escribir la vida de los hombres santos en el cristianismo: “sant Luc, en los Actes, escriu las obras principals dels apòstols, en particular de sant Pere, sant Juan, sant Jaume, sant Philip, sant Esteve y altres, y més extensament de sant Pau” (Gil, f. 13v). Tal vez, la pretensión de relacionar la labor del hagiógrafo con la tradición evangélica, podría alinearse con la polémica ex silentio Escriturae mantenida con los luteranos sobre la falta de base bíblica para fundamentar la devoción a los santos. 26 Sobre esta polémica, véase Vega (2022, 24-29).
La cuarta argumentación que aporta, alejándose de Morales, la leemos al inicio del criterio cuarto, cuando menciona la tradición en la Iglesia, desde tiempos primitivos, de celebrar a los santos en los oficios. Probablemente con esta afirmación pretende afianzar la tradición católica de venerar a los santos, situando el origen de esta práctica en los inicios del cristianismo; pero no alude a ningún decreto ni concilio, ni a la autoridad de ningún papa, y se limita a referir vagamente que “la Iglésia santa instituý pochs anys desores de la mort de Nostra Senyora y dels apòstols que·s celebrassen commendacions y festes” (Gil, f. 14v).
Más allá de estas variaciones, Gil reproduce la exposición de Morales con bastante fidelidad. El cotejo de ambos textos da prueba de ello. Si bien la traducción no es literal, porque el texto de Gil es mucho más breve y conciso, la lectura confrontada de los dos capítulos permite identificar y seguir el esquema argumental de Morales. Solo en la parte introductoria comprobamos que Gil altera el esquema textual, al mezclar diversas ideas de las expuestas por el jerónimo a lo largo de sus páginas. En cambio, en la exposición de los diferentes lugares, sigue bastante fielmente la obra de Morales, como se puede comprobar particularmente en los criterios primero y segundo. Contar con un manuscrito que, probablemente, era un material de trabajo, nos permite además conocer su modus operandi, pues en ocasiones los añadidos de Gil que no proceden de Morales, se incluyen en notas, al margen, por lo que se intuye que quizá fueron añadidas en un momento posterior.
Cotejo textual
⌅A continuación ofrezco el cotejo de ambos textos para evidenciar esta dependencia. El texto de Pere Gil lo edito completo y sin alterar el orden que presenta el manuscrito original. Sin embargo, la división por párrafos no obedece a criterios de puntuación, sino a la intención de favorecer la identificación de los fragmentos con el texto de Morales, principal propósito de este trabajo. Los fragmentos procedentes del texto de Morales, por tanto, no siguen la disposición textual del original, sino que aparecen junto al pasaje correspondiente del texto de Gil. En los márgenes identifico el folio al que pertenece cada fragmento para facilitar la consulta de la fuente. En el caso de Morales, sigo la edición princeps de 1574; 27 De la Corónica, existen ediciones con el texto actualizado, pero he preferido recurrir a la fuente original y presentar el texto sin actualizaciones ortográficas, dado que, en algunos casos, ayudan a evidenciar la dependencia de Gil (por ejemplo: “San Lorenço del Escurial” / “Libreria de l’Escurial”). y en el caso de Gil, el único manuscrito del texto.28 Aunque este capítulo de la obra de Gil había sido editado por Fàbrega (1958), ofrezco una nueva transcripción, ya que discrepo en muchas de sus lecturas del manuscrito. He aplicado los criterios de la puntuación actual, incorporando el uso de la acentuación y el apóstrofo según la normativa catalana. Sobre la acentuación, conviene matizar que Gil alude a los mártires y a las autoridades mezclando formas en catalán y castellano (por ejemplo, se refiere a Hierònym o Agustí, pero a Gelasio, Dámaso, Prudencio, Eulogio, Protasio, etc.); por esta razón, los nombres que se emplean en la forma castellana los acentúo como corresponde al idioma. He usado los corchetes angulares para indicar los añadidos de Gil a la redacción, y que aparecen entre líneas o al margen; en cambio, he reservado los corchetes cuadrados para las reconstrucciones que hago del texto. Los cambios de folio los he marcado en el texto con una barra vertical, indicándolos al margen.
Conclusiones
⌅Como se ha podido comprobar, el cotejo textual hace evidente la dependencia del modelo de Morales. Gil asume sus principios metodológicos, resumiendo las diferentes argumentaciones. Sin embargo, sorprende que el jesuita se muestre tan riguroso en la citación de las autoridades de las que proceden las informaciones que reporta en cada una de las hagiografías y que, sin embargo, omita referir la procedencia del método que aplica, considerando, como explicita en otros puntos, que Morales es una de las principales autoridades en la materia. Parece que Gil prefirió destacar la homogeneidad de los criterios que utilizó con los del resto de iniciativas de la Europa católica, antes que destacar el modelo metodológico de un autor concreto. Es decir, su principal anhelo es el de alinearse con las principales empresas de revisión hagiográfica y seguir un método que permita revisar la materia con solvencia y rigor.
Se comprueba, además, que Gil no solo asume la declaración de estos principios metodológicos, sino que los aplica en el ejercicio de revisión de los relatos. Puede corroborarse cuando debe discernir entre informaciones discordantes relativas a la vida de un santo, fundamentar los datos que reporta, o desterrar contenidos que considera apócrifos e infundados.
Queda pendiente el análisis exhaustivo de la aplicación de este método por parte del jesuita en la revisión de la hagiografía, ya que excede el objetivo de este trabajo. No obstante, como desarrollaré en otra ocasión, sí he podido advertir que, como también le ocurrió a Morales, Gil no dejó de mostrar una excesiva credulidad en muchos casos, y asumió muchas devociones populares arraigadas que carecían de base histórica o documental para ser legitimadas, es decir, amparándose en el valor de la tradición.
Con todo, queda manifiesta la intención –y la dificultad– de ambos autores por asumir y aplicar unos principios metodológicos similares a los propios del campo de la historiografía en la revisión de la hagiografía en el periodo postridentino, con la intención de atajar las críticas formuladas desde inicios del Quinientos por humanistas y protestantes sobre el escaso rigor histórico de muchos relatos hagiográficos, que incluían episodios de origen apócrifo, que tildaban de falsos y fabulosos.
Declaración de conflicto de intereses
⌅La autora de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.
Fuentes de financiación
⌅Este artículo se ha desarrollado en el marco del proyecto ITHAHIS “Itinerarios de la Hagiografía hispánica en la Edad Moderna: evolución y difusión del legado devocional” (PID2022-139820NB-I00), financiado por el MICIU/AEI/10.13039/501100011033.
Declaración de contribución de autoria
⌅Carme Arronis Llopis: conceptualización, obtención de fondos, investigación, redacción – borrador original, redacción – revisión y edición.