INTRODUCCIÓN
⌅La Proclamación Católica, escrita por encargo de los consejeros de Barcelona y publicada en 1640 por Gaspar Sala, poco después del estallido de la revuelta catalana, es uno de los textos más conocidos de aquel momento, tanto entre los contemporáneos como entre los historiadores que han estudiado dicha época. Sala nació en 1605 en Zaragoza de padres catalanes y en 1622 ingresó a la orden agustina. Estudió filosofía y teología en Barcelona y en 1628 se convirtió en lector magistral en la iglesia de Lleida. Volvió a Barcelona en 1633, convirtiéndose en el rector del colegio agustino. Fue ganando, además, cercanía con el Consell de Cent y la Generalitat.1
La pertenencia de Sala a la orden agustina resulta relevante. Como ha evidenciado Ángel Martínez Cuesta, la mayoría de los miembros de dicha orden se alineó con los sublevados en Cataluña, hasta tal punto que en junio de 1641 solicitaron en Roma la creación de una provincia exclusivamente catalana, ya que habían dejado de compartir el mismo señor temporal y se habían roto las comunicaciones con el resto de los territorios de la provincia agustina de Aragón.3
La revuelta que se inició el día del Corpus y que, entre otras cosas, terminó con la vida del virrey, el conde de Santa Coloma, fue el punto culminante de unas relaciones del Principado con Felipe IV que no empezaron bien y que aun así solo empeorarían. El reinado que empezó en 1621 se inauguró para los catalanes con el conflicto acerca de aceptar o no los virreyes nombrados por el rey, quien no había jurado las constituciones y en los años sucesivos tuvo dos reuniones de cortes fallidas en 1626 y 1632.6
La Proclamación Católica se envió a las ciudades principales de todos los reinos españoles, como también a Italia y Francia y contó rápidamente con reediciones (cuatro solo durante el primer año) y traducciones al francés, holandés y de forma parcial al italiano. Hay autores que señalan a existencia de una traducción portuguesa, sin embargo, en realidad se trata de una edición publicada en Lisboa del original en castellano, solamente con una dedicatoria en portugués al rey João IV. El autor, el teólogo agustino Gaspar Sala, se convirtió en uno de los autores más relevantes de aquellos años, que publicaron a lo largo de la década de 1640.9
Se han destacado varios aspectos claves de esta obra. Por una parte, la intención de Sala de justificar la revuelta ocurrida demostrando la inocencia de los catalanes ante el mundo.11
Sin embargo, el hecho de que la obra se convirtió en un escrito de la identidad catalana no significa necesariamente que fuera este el factor central a la hora de escribirse en 1640. Muy pocos estudios han reparado en el título de la obra y particularmente en el componente “católico” de la proclamación de Gaspar Sala. Es cierto que algunos autores han hecho énfasis en la importancia del catolicismo para la obra de Sala, los escritos de aquel contexto en general e incluso de la revuelta catalana como tal.17
A pesar de ello, estudios de Xavier Torres y Jon Arrieta Alberdi han destacado recientemente que no se ha prestado suficiente atención a la influencia de la religión en el discurso político, las decisiones políticas y, quizás el punto más importante, de cómo contribuye a la legitimación de los contendientes implicados en un lado u otro de la revuelta catalana.19
Volviendo al título de la obra propiamente tal, se ha pronunciado Peer Schmidt: «Con seguridad escogió con mucho cuidado el título de su escrito: la declaración es llamada “católica”, lo que constituía un claro apóstrofe al monarca español, quien, precisamente como Rey Católico, debía prestar oídos a las peticiones».20
Sin embargo, más que al título de “Rey Católico”, creemos y defendemos la hipótesis de que hay que interpretar tanto el título como la propia obra a partir del concepto de “Monarquía Católica”. Para ello, definimos primero las diferencias entre los dos términos recién mencionados, para después analizar e interpretar la obra bajo este concepto y a partir de la contraposición de los catalanes y los soldados de la monarquía, como buenos y malos súbditos de la Monarquía Católica, por una parte y, por otra, la de los catalanes como buenos vasallos frente a los ministros del rey como malos vasallos del monarca católico, dos niveles de análisis que, desde luego, no siempre se pueden separar de forma completa. Una tercera parte de análisis constituye el repaso histórico que realiza Sala elaborando un principado como monarquía electiva.
REY CATÓLICO Y MONARQUÍA CATÓLICA
⌅La importancia del catolicismo para la monarquía hispánica y las sociedades ibéricas constituye un hecho generalmente aceptado. Al no concebir la posibilidad de coexistencia de más de una religión en una sociedad, la fe católica operó como el principal elemento integrador de la sociedad española.21
Ahora bien, el título de “Reyes Católicos” se gestó a nivel político. El papa Alejandro VI (1492-1503), ante la amenaza militar del rey de Francia necesitaba aliados para garantizar la estabilidad de su gobierno.24
Sin embargo, como señala Feliciano Barrios, la concesión del título a los reyes de Castilla y Aragón era personal y por tanto no hereditario, por lo que Carlos V en 1517 tuvo que convencer al entonces papa León X de que le volviera a conceder el título de “Rey Católico”, petición a la cual el papa accedió.27
A continuación, Barrios establece una conexión entre el título de “Rey Católico” y la monarquía «consecuentemente también llamada Católica».28
Ejemplos más concretos encontramos para el reinado de Felipe II. Así, Gianclaudio Civale en su trabajo sobre Vespasiano Gonzaga Colonna, concretamente sobre los años 1540-1568, define la formación cortesana de este como una especie de prototipo de lo que se exigiría a los servidores de la Monarquía Católica.33
Ahora bien, en realidad el término “Monarquía Católica” no era ni un título ni un nombre, sino un concepto concreto en una época concreta. Este concepto ha sido estudiado principalmente por José Martínez Millán aunque se ha discutido también en algunos estudios anteriores como, por ejemplo, el de Manuel Rivero Rodríguez.36
Por su parte, en el ámbito religioso se produjo una sustitución del catolicismo hispano forjado en la reconquista por una espiritualidad radical definida desde Roma, la cual exigía una subordinación del monarca a la jurisdicción eclesiástica. El centro de dicha espiritualidad constituía el Santísimo Sacramento que en este contexto se estableció en la capilla del Real Alcázar en 1639.38
Ahora bien, como hemos visto, el concepto de monarquía católica tiene dos aristas, una política (subordinación de la monarquía al papado) y otra religiosa (espiritualidad radical y el acogimiento del Santísimo Sacramento). Sin embargo, la componente política se fue disolviendo tras la caída de Lerma y del confesor Aliaga, ya que, como señala Rivero, «su proyecto católico, de servicio al papado, era fuertemente contestado desde el grupo de Baltasar de Zúñiga», tío de Olivares y quienes se harían con el poder entre el fin del reinado de Felipe III y el inicio de Felipe IV.40
Sin embargo, la componente religiosa se mantendría y se acentuaría aún más en los años sucesivos. Fue en el reinado de Felipe IV en el que se llevó el culto a la Eucaristía (donde cuerpo y sangre de Cristo efectivamente estarían presentes) a su máxima expresión, lo cual también evidencian tratados teóricos como el Sumo Sacramento de la Fe Thesoro Christiano, citado por el propio Martínez Millán.41
Otro grupo que participó de forma muy activa en la promoción de este concepto fueron los jesuitas. La propia reina Margarita, esposa de Felipe III, contribuyó en este sentido al lograr mantener a su confesor jesuita Richard Haller en la corte madrileña.42
Con todo, al mencionar a la reina Margarita también resulta importante abordar el factor dinástico de este desarrollo ideológico. La devoción a la Eucaristía trataba de unir a los Habsburgo españoles a la rama imperial de Viena, algo que con el inicio de la Guerra de los Treinta Años ganó cada vez más relevancia.44
En este sentido se recuperó también la leyenda fundadora de la dinastía de los tiempos de Rodolfo I, conde de Habsburgo y después primer emperador de la dinastía, leyenda que además unía la dinastía de forma íntima al Santísimo Sacramento. Dicho conde le habría cedido su caballo a un sacerdote que en una noche de lluvia llevaba el Sacramento a un enfermo acompañándolo a pie. El Sacramento se convirtió, en palabras de Antonio Álvarez-Ossorio, en el “mayorazgo moral” de la Corona.45
VASALLOS CATÓLICOS FRENTE A VASALLOS SACRÍLEGOS
⌅El concepto y su contenido que acabamos de resumir son de especial relevancia para comprender la primera parte del análisis de la obra de Gaspar Sala, la Proclamación Católica. En un capítulo inicial, el autor se dedica resaltar la fidelidad a los reyes como una de las características principales de los catalanes. Más allá del caso catalán, la fidelidad de los vasallos a sus príncipes era un elemento central para el mantenimiento del orden político y social en la época moderna.46
En este sentido, Sala comienza su primer capítulo señalándole a Felipe IV que «no tiene V. Magestad vassallos de fidelidad mas entera, de legalidad mas pura que los catalanes».48
Si bien la fidelidad a sus señores podría parecer a primera vista un rasgo no relacionado con la religiosidad, en la mentalidad de la época sí lo era. Y así, también para Gaspar Sala existe tal conexión: «Esta fè, Señor, es eco de la Divina: porque assi como en antecedente se infiere con evidencia, del amor de Dios el del proximo: assi de la grandeza de la Fè Catolica en los vassallos, se deduze la fidelidad con sus Reyes».50
En este contexto, conviene referir la reivindicación que hace Sala al Tribunal de la Inquisición y el vínculo que establece con Cataluña. En concordancia con la lógica de que la antigüedad da dignidad, el autor sostiene que gracias a los catalanes España contaría con el Santo Oficio y que su origen se encontraría en la ciudad de Lleida, siendo un catalán, Raymundo de Peñafort, el primer inquisidor. Vinculando la Inquisición con el argumento de la firmeza de la fe de los catalanes, Sala señala que «pasan largos años sin hazer Autos», lo cual sería evidencia de la ausencia de conductas heréticas en el Principado.52
Una sola vez, admite Gaspar Sala, se habrían alejado los catalanes de la recta fe, precisamente a principios del siglo XIII, al «hazer liga con los Hereges Albigenses, enemigos mortales del Santissimo Sacramento».54
El siguiente capítulo es breve, pero trata de la devoción catalana a la Virgen, lo cual inserta ya de pleno a los catalanes dentro de los valores de la Monarquía Católica hispana. La Inmaculada Concepción de la Virgen fue asumida por los Habsburgo a principios del siglo XVII y en 1616 Felipe III creó una Junta de la Inmaculada Concepción para promover este dogma.56
Para culminar su exposición de la religiosidad catalana, el autor dedica finalmente un capítulo completo a la devoción de los catalanes al Santísimo Sacramento del Altar. Nuevamente se presenta como quintaesencia de la fe católica para a continuación mostrar la inmersión de los catalanes en él: «Y como el Santissimo Sacramento del Altar, es por antonomasia misterio de la Fè, porque en el esta virtud tiene mayores empleos; de aquí se origina la devocion grande, que tienen los Catalanes a este Augustissimo Sacramento; y en el, como en piedra de toque, muestra el oro de su fè, los subidos quilates».59
Al final de este capítulo, Sala ya da el giro para contraponer los catalanes y sus actitudes religiosas a los soldados de la Corona: «No ay (Señor) enemigo mas opuesto al Catalan que el sobervio, y el sacrílego», señalando, además, que, si bien los catalanes sufrieron los abusos de los soldados, esto no sería nada en comparación con los agravios que estos le hicieron a Dios.62
En este contexto conviene poner lo expuesto también en relación con el concepto del soldado cristiano y cómo este se debía comportar. Fueron justamente los jesuitas, a partir de Edmond Auger (1568) y Antonio Possevino (1569), quienes elaboraron los principios tanto del soldado cristiano, es decir, católico, y del capellán militar que los debía acompañar.63
Con este concepto de trasfondo, Sala le señala al rey que solo cabría una explicación para entender la malicia y los pecados de los soldados, al ser completamente impropio de católicos: «Solo pueden escusarse de la nueva calidad de la malicia, con decir, que son herejes, que no creen la verdad deste Sacramento. Vea V. Magestad quan grave es el delito, que busca en otro tan enorme las escusas».68
El Santísimo Sacramento como foco de acusaciones es algo que se puede constatar en otros textos también. Xavier Torres refiere una relación sobre los sucesos de 1640 específicamente en Santa Coloma, en la cual se dice que los soldados «ni iglesia respetan…todo lo atropellan» y a continuación, «quemaron la iglesia, o corazón duro, con el Sacramento Santísimo» adentro.71
También por autores afines a la monarquía hispánica se usa esta retórica, por ejemplo, en el contexto de la guerra con Francia. Así, Francisco de Quevedo en su conocida carta al rey de Francia en la que hay varias referencias al Santísimo Sacramento, pero una especialmente ilustrativa: «Su apellido serà Católico vengador de las injurias de Dios, de los agravios hechos à Christo nuestro Señor en el Santíssimo Sacramento».74
Los catalanes, en este sentido, estarían defendiendo lo más sagrado de la dinastía de los Habsburgo. El propio Sala se lo recuerda al monarca católico, precisamente con la leyenda previamente referida:
Acuerde V. Magestad a su piedad Catolica, que la Serenissima, y Augustíssima Casa de Austria, deve su exaltacion a las veneraciones, que dio al Santissimo Sacramento del Altar, el Conde Rodolfo Tercero el Magno, quando viendo un Sacerdote, que le llevava a pie en un despoblado, arrojandose del cavallo, se lo ofrecio devoto. Y mire V. Magestad, que ha premiado Dios Sacramentado este servicio con tanta largueza, que a qualquier movimiento de aquel dichoso cavallo, correspondia una Provincia en premio.76
En este sentido, algunos autores han señalado la imposibilidad de combinar la resistencia a las tropas del rey y al mismo tiempo mantenerse fiel al monarca. María Ángeles Pérez Samper refiere el «dilema ineludible d’escollir entre la fidelitat al rei o a la patria», mientras que Simon i Tarrés apunta que «el que no es podia fer era mantenir una postura indefinida i ambigua – com, en bona part, la de la Proclamación Católica», la cual era defenderse del rey y a la vez prometerle eterna fidelidad.77
Sin embargo, a nuestro juicio, cabría interpretar que Gaspar Sala le está exponiendo al rey un servicio que le hacen sus vasallos catalanes con su estallido contra los soldados. Como apunta Xavier Torres, resistir no era lo mismo que rebelarse.78
El consejo al rey se encuentra precisamente al final del capítulo previamente tratado: «Castigue V. Magestad, Señor, castigue estos sacrílegos, antes que tome Dios el açote para la vengança: porque, ò ha de faltar a su palabra (que es imposible) ò no faltarà a su justicia: que estas culpas no son para remitidas al otro mundo; en vida se dà principio a su suplicio».82
BUENOS VASALLOS FRENTE A MALOS MINISTROS
⌅Para analizar esta segunda parte de la obra de Gaspar Sala, es necesario insistir un poco más en el concepto de servicio, clave para entender las relaciones entre príncipe y vasallos. Como define Alicia Esteban Estríngana, el servicio es una obligación en sí misma que tienen tanto los vasallos hacia el rey como también la tiene el monarca hacia ellos83
Así, el autor se ocupa en el sexto capítulo del «Valor de las armas catalanas en servicio de sus Conde, y Principes». Le señala al rey que «todos los siglos hallarà V. Magestad ocupados con el alarde de las armas Catalanas», ya desde antes de la llamada pérdida de España (conquista musulmana) y continuando con ello también en la reconquista, siendo Barcelona «la primera ciudad que en España se librò del yugo de los Moros».86
A continuación, Sala realiza un gran repaso por las conquistas medievales de la Corona de Aragón en la península, el Mediterráneo y en Grecia, agregando, además, los grandes servicios en la defensa del patrimonio real al haber «rechazado deste principado al Frances, veynte y tantas vezes desde el año 1285 hasta el presente».88
Este capítulo se complementa con el siguiente, el cual trata de los servicios monetarios que los catalanes hicieron a los distintos monarcas, señalando que «ni han sido los Catalanes con sus Principes menos liberales, que valientes: porque assi, como en todas las guerras assistieron fieles, a todas sus necessidades acudieron liberales».90
El capítulo VIII que, al igual que en la primera parte, constituye el contraste a los catalanes como buenos vasallos con las pocas mercedes recibidas a cambio, e inicia con el cambio respecto a la última cita referida. En cuanto a los servicios en tiempos de Felipe IV expresa lo siguiente: «La remuneracion, que por todos estos servicios ha recebido Cataluña, es tan agena de su esperança», solo explicable o por el desconocimiento por parte del rey de las circunstancias o porque está mal aconsejado y que por ello habría autorizado las acciones cometidas por los soldados en el principado.92
A continuación, Sala identifica nuevamente los alojamientos de los soldados de la monarquía en Cataluña como el corazón de esta política supuestamente ejecutada contra el principado: «No se lamenta el Principado de un año, o dos de alojamiento, sino de catorze, con grave daño de la Provincia, y poco fruto para V. Magestad».97
De forma expresa, el autor usa el término de tiranía solamente para los soldados, de la cual los naturales estarían huyendo.99
Para reforzar lo señalado anteriormente, Sala responsabiliza directamente al virrey de haber permitido todos estos agravios y que el lema gritado por la gente era «viva la santa Fè Catolica, viva el Rey, y muera el mal gobierno».103
Así, se presenta nuevamente la oposición entre la fe, el rey y los buenos vasallos, por un lado, y los malos vasallos y gobernantes tiránicos, por otro. Se trata también de un lema muy recurrente en aquellos años. Tal como señala Thomas Calvo, «en cada revuelta, de Nápoles a México, se oía el mismo grito de exasperación» de «Viva el rey y muera el mal gobierno».106
En la parte final, Sala retoma el tema del mal gobierno y lo extiende, efectivamente, a toda la monarquía, presentándolo como un mal endémico, es decir, no se trataba solo de un problema catalán: «Esta innovacion de política ha despertado tantas novedades en los Reynos de V.M. tantas turbaciones en las Provincias, tantas quexas en los vasallos, tan graves dificultades, negocios tan arduos de assentarse».109
Este aspecto universal de una monarquía completa en crisis por culpa del gobierno no era muy común en la propagandística catalana, pero sí aparece también, por ejemplo, en la obra Política del comte de Olivares de Josep Çarroca. Este texto ya es del año 1641, por lo cual ya no tiene el discurso fidelista a Felipe IV, sino que el autor reconoce por «nostron señor, y Comte lo Rey Christinissim Lluys».113
Flandes aventurat, Saboya perillosissima, Borgoña perduda, Italia sense defensa, Portugal ab un altre senyor, y Rey poderosissim, nostron lleal Princnipat elegit per Comte al gran Lluys XIII, que felicissimament Regne, Arago a la ralla de Cathalunya, Valencia mes en favor del Rey don Felip per temor, que per amor, Castella desesperada ab tan insufribles cargas, Sicilia alterada, la gran Isla del Brasil perduda, ab la ciutat de Fernambuch, S. Salvador, lo gran Regne de Ormuz y sa isla, la Ciutat de Malaca, casi las Filipinas destruidas.115
Volviendo a la Proclamación Católica, este aspecto de la obra es necesario analizarlo en el contexto del principio de la “razón de Estado”, objeto de fuerte discusión en la España de finales del siglo XVI hasta al menos mediados del XVII.116
Y, precisamente, el concepto de Monarquía Católica se ubica en la corriente contraria, la teopolítica, que defiende la subordinación de la política a la religión como tradicionalmente lo había sido, en contraste con la “innovación” que señala Gaspar Sala. Esta vertiente política de la Monarquía Católica, como se ha dicho, es la que el gobierno de Olivares había abandonado. Sala se apoya fundamentalmente en dos autores: Juan Márquez y su Gobernador Cristiano (1612), para rechazar el maquiavelismo, y fray Juan de Santa María y su Tratado de República y Policía Cristiana (1616) para la recuperación del gobierno por consejos, opuesto a las juntas usadas por Olivares.120
HISTORIA DE CATALUÑA Y MONARQUÍA ELECTIVA
⌅En una tercera parte de la obra, Gaspar Sala hace un recorrido histórico del principado, con especial énfasis en los orígenes del dominio carolingio a principios del siglo IX. Tras una primera liberación por Carlomagno, su elección como protector, una nueva conquista por los musulmanes y una reconquista final hecha por los catalanes, se habría producido el pacto definitivo entre señor y vasallos con Ludovico Pio: «En esta ocassion le elegieron, no por protector como antes, sino por su señor, y el los admitió por sus vassallos, con los pactos, y condiciones por una y otra parte».122
Esta teoría de la libertad originaria de los catalanes no fue un invento de Sala ni apareció en el contexto de la Guerra dels Segadors, sino que en aquellos momentos ya contaba con medio siglo de tradición. Apareció por primera vez en la crónica de Francesc Calça publicada en 1588, autor al que seguirían otros como Jeroni Pujades (1609), a su vez citado por Sala, o Andreu Bosch (1628).123
Ahora bien, el concepto de monarquía electiva tampoco era algo nuevo ni revolucionario en aquellos años. Todo lo contrario, de hecho, durante la Edad Media una buena parte de las monarquías europeas habían sido electivas.125
En este sentido, Sala insiste en la condición de los catalanes como «vassallos pactados, y convencionales, y que están libres, quanto a lo reservado en el contrato». Insiste en esta misma línea que, por tanto, «aunque se entregavan [los catalanes] al Rey de Francia, no para que los governasse, como Rey de Francia, sino como Rey electo».127
Para vincular este pactismo con la religión católica, Sala refiere que el rey de Aragón y conde de Barcelona Pedro III (1240-1285), «obligò a sus sucessores a la religión del juramento», lo cual implicaría que hasta las indicaciones del pontífice no podrían alterar el juramento del rey a sus vasallos.129
En este sentido, hacia el final de la obra, Sala apunta directamente al conde duque de Olivares y a Jerónimo de Villanueva, protonotario de la Corona de Aragón y secretario del Despacho Universal, quienes según él serían «poco afectos a los Catalanes, se han declarado contra el Principado». Por ello, el autor le suplica al rey «que mude de ayres el govierno; porque las monarquías quexosas son como cuerpos enfermos, que mudando de ayres convalecen».132
Aunque Sala no hace esta vinculación de forma expresa, es posible establecer una relación entre la idea de monarquía electiva y el pensamiento político católico. Fue precisamente santo Tomás quien postulaba que la mejor forma de monarquía sería la electiva.134
CONCLUSIONES
⌅Tal como hemos planteado en la hipótesis, concluimos que resulta esencial interpretar la Proclamación Católica de Gaspar Sala desde el trasfondo del concepto de Monarquía Católica, es decir, la adhesión de la monarquía hispánica a la religiosidad radical propuesta desde el papado con la especial importancia del Santísimo Sacramento. El autor usa el aspecto religioso del concepto, vigente también bajo Felipe IV, como herramienta discursiva en la primera parte y postula que la monarquía debiera recuperar el aspecto político, perdido con el gobierno del Olivares, en la segunda.
En este sentido, el autor contrapone en la primera parte de su obra a los catalanes como buenos y fieles vasallos católicos frente a los soldados sacrílegos y, por tanto, malos vasallos. Mientras los catalanes serían devotos a la Virgen y al Santísimo Sacramento, dos rasgos identitarios claves de la Monarquía Católica, se presentan los soldados como quemadores de iglesias y sacrílegos que incluso violentarían dicho Sacramento. Los soldados actuarían, además, en contra de los tratados jesuitas de cómo debiesen actuar los buenos soldados católicos, tratados también vinculados a la religiosidad radical. Se ve, además, que este recurso es común entre defensores de la revuelta de 1640, pero también en otros autores hispanos en su guerra retórica contra Francia, por ejemplo.
En este contexto, Sala le recuerda a Felipe IV el mito fundador de la dinastía, justamente vinculado al Santísimo Sacramento y que, en este sentido, los catalanes le estarían prestando un servicio al rey, al ser desobedientes pero justamente no desleales. Los catalanes estarían defendiendo la esencia y el corazón de la Monarquía Católica frente a los soldados sacrílegos.
La segunda parte contrapone nuevamente a los catalanes como buenos vasallos, aunque esta vez más desde la perspectiva del servicio que de la fe, con los ministros del rey como malos vasallos que le estarían haciendo deservicios al monarca. Para ello, enumera siglos de buenos servicios que los catalanes habrían prestado a los distintos monarcas en armas, letras y dinero. En cambio, en las dos décadas de reinado de Felipe IV, los catalanes no habrían recibido las mercedes correspondientes, sino actos de tiranía, concepto que aplica expresamente a los soldados e implícitamente a los ministros del rey. Vinculando esta temática con la religiosidad, Sala afirma lo inseparable que se encuentran los conceptos de buen vasallo y buen católico, por lo que lo ocurrido el día del Corpus, la muerte del virrey incluida, se presenta como un acto de justicia divina. Los ministros del rey habrían alejado a la monarquía del buen gobierno católico, orientado a la religión y al papado, críticas que formula Sala con base en las autoridades intelectuales de esta corriente del reinado anterior.
La tercera parte, a primera vista, se encuentra menos ligada al concepto Monarquía Católica, pero a modo de hipótesis, y para darle continuidad a esta investigación, creemos que Sala implícitamente ve la monarquía electiva, como define a la monarquía catalana, como una demostración continua de la fidelidad de los vasallos, al tener el hombre según la concepción católica la libertad de actuar con fidelidad o no.
A parte de eso, resulta importante también referir cómo usa el autor la idea de una monarquía catalana electiva para presentarle al rey la particularidad de este territorio y de que los pactos y juramentos mutuos están por encima de la obediencia cuando esta contraviene dichos acuerdos. Señala, además, que los ministros que pretenden alterar este orden actuarían en contra de la fe católica.
De todos modos, se ve en las partes más esenciales de la obra el encaje que hace el autor de los catalanes en el corazón de la identidad de la Monarquía Católica y cómo son los vasallos del rey que mejor representan esta identidad. La idea es hacerle entender a Felipe IV que la monarquía y Cataluña están en el mismo bando, siendo los ministros y soldados malos vasallos y sacrílegos, opuestos a los fundamentos de la monarquía que Cataluña sí representa. Lo central del concepto de Monarquía Católica para la obra de Sala también puede explicar las pocas referencias bíblicas en la Proclamación Católica, dado que por la formación del autor y el carácter aparente de la obra se podrían esperar muchas más. Sin embargo, lo católico de la obra se basa fundamentalmente en el catolicismo hispano, plasmado en la devoción de la Virgen por los catalanes y también en el catolicismo radical propagado por Roma, cuya devoción por el Santísimo Sacramento, además, se desarrolla como signo identitario de la dinastía de los Habsburgo.