1. INTRODUCCIÓN
⌅A lo largo de la modernidad, eclesiásticos y particulares destinaron parte de su pecunio al remedio de los más necesitados a través de la fundación de obras pías (repartos de comida y de limosna, entrega de ropajes a pobres, dotación de huérfanas, concesión de becas estudiantiles…) que dispensaban atención al menesteroso mientras aseguraban la salvación eterna de su alma. Entendida la pobreza como una condición sobrevenida e incluso heredada, fueron muchos los niños que, por necesidad extrema, se vieron obligados a recurrir al vagabundeo, la mendicidad y, en el caso de las niñas, la prostitución para poder sobrevivir. Conductas delictivas que debían ser erradicadas para evitar la corrupción de la moral y las buenas costumbres. De este modo, a lo largo de los siglos XVI-XVIII, se erigieron numerosas casas de expósitos, colegios de la doctrina cristiana, colegios de niñas huérfanas e incluso beaterios con el fin de recogerles, asistirles e instruirles para que se convirtiesen en hombres y mujeres de bien1
2. EL COLEGIO DE NIÑAS HUÉRFANAS DE PALENCIA
⌅Hasta el momento el único dato del que disponíamos acerca de la existencia de dicha institución lo aportaba San Martín Payo2
Bajo la advocación de Nuestra Señora de la Visitación, y contemplación del glorioso mártir San Antolín, los patronos de la institución (deán y cabildo catedralicio) debían encargarse de acoger a huérfanas pobres con una edad comprendida entre los 10 y los 12 años, de buena vida, fama y costumbres, hijas de legítimo matrimonio y oriundas de la ciudad de Palencia o de su obispado. Unas limitaciones socioeconómicas y de edad que no se hacían extensibles al resto de colegios de igual naturaleza que se disponían a lo largo y ancho del territorio peninsular. Por ejemplo, el colegio de niñas huérfanas de la localidad gallega de Betanzos, admitió a doncellas de entre 11 y 22 años que no fueran descendientes de personas que se ejercitasen en oficios mecánicos.6
Resulta curioso, cómo de manera general, este tipo de instituciones solía fijar como límite para la entrada los 11-13 años al considerarse que, a esa edad, las mozas ya habían aprendido en la calle conductas y triquiñuelas difícilmente solventables que podían poner en peligro la virtud del resto de compañeras. Cabe destacar que, al igual que hizo el obispo palentino Luis Cabeza de Vaca con los niños del colegio de la doctrina cristiana,12
En el caso del colegio palentino, el fundador determinó que, dos de las plazas, fueran reservadas para niñas de su familia (podían superar el límite etario marcado y no necesariamente tenían que carecer de padre) determinando que: una pertenecería a la línea de descendencia de su sobrina, Dña. Catalina Gutiérrez, casada con D. Pedro de Cárdenas (señor de la villa abulense de Santa Ana de Villacomer); y la otra, a la de su prima Dña. Isabel de Aguilar. Independientemente de su origen y condición, todas las alumnas debían vestir con «estameña fraylega, escapulario y cordón de la orden de San Francisco». Un hábito distinto al visto en Oviedo, donde las niñas, para salir a la calle, debían vestir con un vaquero de estameña pardo con mangas de punta y una toca de beatilla blanca que les cubriese la cabeza —dentro podían portar sus propios vestidos siempre que estos guardasen la decencia y el decoro—.19
A imagen y semejanza de lo apreciado en otros colegios femeninos, las alumnas vivían bajo un régimen de clausura completa, no pudiendo salir de la casa hasta que no finalizasen el recogimiento bajo pena de no poder regresar. Debido a la innata capacidad que la mujer tenía para pecar por ser heredera de Eva, se consideraba que el encerramiento era la mejor forma de prevenir y extirpar las malas costumbres. Pese a ello, y haciendo uso del motu proprio de Pío Quinto, que permitía a las monjas y religiosas confesas salir a la calle con el beneplácito de su prior, Juan Gutiérrez Calderón determinó que, si el patrono lo consideraba oportuno, las huérfanas junto a la rectora, podrían visitar puntualmente la calle para realizar alguna obra de caridad. La rectora, escogida por el fundador o el patrono, debía ser una mujer cristiana, honrada, virtuosa y de buenas prácticas, para que «doctrine y enseñe y las exercite [a las doncellas] ansí en los actos y exercicios de virtud que han de tener, como en la labor y demás cosas en que se han de ocupar».22
El objetivo principal del colegio, era conseguir que estas jóvenes se remediasen, bien fuera facilitándolas la toma de los hábitos o consiguiéndolas un buen hombre con el que poderse casar. Por ello —y a diferencia de los niños de la doctrina a los que les instruía en la lectura latina, la escritura romance, la aritmética, la oración y las buenas costumbres23
Para cumplir con el objeto de la fundación, además de alimentar, vestir e instruir a las muchachas, Juan Gutiérrez Calderón ordenó que, cada dos años, se reservasen de los réditos del colegio 100 ducados para dotar a una alumna, la cual debía ser «la huérfana más pobre y que tubiere más hedad y necesidad de remedio».28
La dotación de huérfanas, además de configurarse como un instrumento de perfección espiritual, debe ser entendida como una conducta social propia de Antiguo Régimen que, permitía a la mujer, salvarse ya no solo de la indigencia económica sino de la indigencia moral. Como señala Rial García,32
Una suerte que no todas tenían pues, en la ciudad, muchas (especialmente expósitas y huérfanas) se veían obligadas a servir desde edades muy tempranas para conseguir al menos el alimento. Citamos un ejemplo, aunque existen muchísimos más: en noviembre de 1614, Juan Román, decidió que su hija de 6 años entrase como criada de Bartolomé Prieto a cambio: «del vestido y el calçado del que tenga necesidad en el dicho tiempo conforme a su calidad. Nada más a de darla respecto de ser tan niña y estar por criar».34
2.1. Organigrama interno del seminario
⌅Para asegurar el orden y el correcto funcionamiento de la institución, Juan Gutiérrez Calderón, determinó que, la dirección del colegio, recayese en el propio fundador y en los patronos. Cargo este último ocupado por el deán y el cabildo catedralicio, quienes en recompensa por su trabajo y buen hacer, serían recompensados con 1.000 ducados cobrados a la muerte del fundador y 50 ducados anules entregados el día de la Visitación de la Virgen (31 de mayo). Entre sus ocupaciones se encontraban las de velar por el cumplimiento de los estatutos, escoger entre las huérfanas más pobres de la ciudad a las alumnas del seminario, autorizar las salidas, dotarlas y elegir y supervisar al Prebendado Visitador y al administrador.
El Prebendado Visitador, se encargaba de visitar el colegio para velar porque «se cumplen y guardan las constituciones de él y lo que dejo dispuesto, y para que tome quenta de la persona que administre la hacienda y a la rectora de los vienes y hacienda del dicho colegio que se hubieren enviado en su poder».35
Por debajo del visitador se encontraba el administrador del colegio, el verdadero eje vertebrador de la institución. Se ocupaba de cobrar los censos que poseía el seminario dando el parte oportuno a las instancias superiores. Del mismo modo, cada semana debía entrevistarse con la rectora de niñas para entregarla el dinero de la manutención semanal asegurándose de que, ni ella ni las alumnas, pasasen necesidades. Al finalizar la semana (o al menos una vez al mes), debía entrevistarse de nuevo con ella para comprobar que no existían discordancias entre los haberes y los gastos. Para facilitar su gestión, en los estatutos se estableció que debía componer dos libros: uno donde anotase «la hacienda que el dicho colegio tubiere y las limosna y cosas que se ofrecieren al dicho colegio»; y otro donde «asiente los gastos por menudo».36
Siguiendo al administrador, aparecía la rectora del colegio. Una mujer que debía detentar la condición de viuda —ya que estaría sometida a en régimen de enclaustramiento estricto al igual que sus alumnas—, cristiana, honrada y de buenas costumbres, para vigilar y dirigir la vida de cuantas allí quedaban recogidas En lo que respecta a la edad que esta debía tener, el canónigo palentino no fijó restricción alguna, a diferencia de lo que sí hizo D. Fernando Valdés y Salas que, como padre fundador del colegio de niñas huérfanas de Oviedo, determinó que la maestra debía contar al menos con 35 años.37
Al servicio del colegio también había dos capellanes: Antonio Martín Jubete, que se encargaba de administrar el sacramento de la confesión a la rectora y las seminaristas; y Lorenzo Sánchez que se ocupaba de celebrar la Eucaristía. En los estatutos fundacionales se regló el número de misas que se debían celebrar en la capilla del colegio: diariamente una para que fuera escuchada por las internas y su rectora, 3 cantadas (una el día de la Visitación de Nuestra Señora que era la fiesta oficial del colegio; otra el día de San Antolín y una más el día de Todos los Santos por los difuntos), y 2 rezadas (una por la salvación del alma del fundador y otra por la de su hermano, D. Fernando Gutiérrez Calderón).
A despenseros, criadas, boticarios o médicos no se hace alusión alguna en el reglamento que aquí analizamos, suponemos que existirían al igual que en resto de colegios, pero no podemos afirmarlo.
2.2. Inventario de objetos que fueron donados al colegio por su fundador
⌅Además de hacerle beneficiario de una serie de censos y promulgar sus estatutos, Juan Gutiérrez Calderón, donó una serie de vestiduras, objetos y mobiliario a la institución para que pudiese comenzar su andadura con una cierta comodidad.39
Comenzando por los objetos y muebles necesarios para la celebración de la eucaristía, el canónigo entregó al colegio: un cáliz dorado muy bien labrado con su patena, unas vinagreras de plata blancas, una salvilla de plata con cercos dorados, un hostiario dorado para guardar las hostias consagradas, dos manteles para el altar, dos paños labiados, cuatro candeleros de plata (dos pequeños y dos grandes), un ara consagrada, dos misales, un letril, un tabernáculo de nogal muy bien labrado con un crucifijo dentro, un reclinatorio de pino y una tabla ancha de nogal con sus bancos para el altar. A estos objetos se sumarían las prendas que componían la indumentaria eclesiástica y que, como a continuación veremos, era sumamente rica. De este modo hizo entrega al colegio de: dos roquetes, cinco albas (dos de lienzo con cuatro amitos, tres de Holanda con hilado y puntas de damasco y dos ordinarias delgadas), cuatro pares de corporales (uno de ellos muy rico al llevar bordada una bolsa de oro y plata), cuatro casullas con sus estolas y manípulos (una de tafetán blanco con pasamanos de oro y seda azul, otra de raso carmesí con pasamanos de oro, otra de damasco verde con pasamanos de oro y otra de camelote40
Para decorar las paredes de la capilla y las distintas estancias del seminario, el canónigo palentino, ordenó colocar: un cuadro del Ecce Homo, de la Magdalena, de san Juan patrono y de san Francisco. Tres imágenes provistas de marco dorado: una del Salvador, otra de Nuestra Señora de la Visitación y otra de Nuestra Señora y Señor San José junto al niño Jesús. Trece cuadros de vírgenes y siete marcos de pintura romana (el uno de Nuestra señora de Loreto, otro de san Juan, otro de san Bernardo, otro de san Agustín, otro de santa Catalina, otro de san Jacinto y el último de Nuestra Señora del Pópulo con velo de tafetán y el niño en brazos). En un momento en que el catolicismo pugnaba por mantener su dominio sobre la herejía protestante, las representaciones marianas, evangélicas, eucarísticas y hagiográficas cobraron cada vez mayor protagonismo dentro de los espacios sagrados. En un intento por conmover e instruir el corazón de aquel que las contemplaba en valores tan necesarios como la penitencia, la piedad, la caridad o la devoción, los padres reformadores no dudaron en extender el uso de la imagen de la Inmaculada Concepción, de san Jerónimo (autor de la biblia Vulgata), de María Magdalena, y, por supuesto, de la Virgen María y san José. Una iniciativa que se aprecia perfectamente en el colegio palentino pues, la lectura del inventario de bienes nos demuestra que, el fundador, procuró que allá donde mirasen las niñas siempre existiese una imagen de la virgen o de los mártires en tono ejemplarizante.
Para hacer la estancia de la rectora y las huérfanas más cómoda, decidió proveer al seminario de un austero pero completo mobiliario, formado por cuatro bufetes de nogal largos y nuevos, un bufete de pino de color nogal, seis bancos de respaldar, dos bancos de nogal sin respaldo, un banco de pino con respaldo, cuatro banquillos de nogal, un cajón grande de nogal con sus cajones para los ornamentos (este no era nuevo, sino que en ese momento se hallaba ubicado en el coro catedralicio), un veladorcillo de nogal, cuatro sillas de respaldar, dos mesas de pino (una larga y otra de bancos) y un estrado de pino. A estos objetos habría que sumar aquellos que iban destinados al descanso de las alumnas: cuatro camas de madera nueva con sus cordeles nuevos, siete colchones también nuevos y seis jergones de angeo.41
En Palencia esto no fue necesario pues, antes de que comenzase su andadura, el canónigo ordenó proveer a la institución de ropa blanca y de cama, la cual sería almacenada en un arca que compró especialmente para ello. Así se determinó que, para que las alumnas estuviesen correctamente atendidas, se les debía entregar: veinticuatro sábanas y veintidós almohadas de lienzo, seis cobertores blancos, cinco mantas blancas y otra parda. Un cabezal de terliz listado, tres tablas de manteles largos, seis servilletas y seis paños de manos. Cabe destacar que, a diferencia de los muebles o los objetos eucarísticos, la ropa blanca y de cama fue toda nueva. Ello, de alguna manera, nos habla del importante esfuerzo que hizo el fundador por mantener al colegio en unas buenas condiciones higiénico-sanitarias, y más en un momento en el que la ropa se heredaba favoreciéndose la transmisión de enfermedades infectocontagiosas.
A todos estos bienes habría de sumarse dos artesas (la una para amasar y la otra para enjabonar), un brasero de cobra y doce tinajas de agua. Del mismo modo que ocurría con las camas y los jergones, no todos los fundadores o patronos entregaron los útiles necesarios para que las huérfanas y la rectora pudiesen calentarse, comer e incluso asearse. De este modo, el ovetense don Fernando Valdés y Salas,44
3. JUAN GUTIÉRREZ CALDERÓN Y LA FUNDACIÓN DE OTRAS OBRAS PÍAS
⌅Con anterioridad a esa escritura fundacional del año 1620, el canónigo Juan Gutiérrez Calderón había fundado otra importante obra pía. Tras el fallecimiento de su hermano, D. Fernando Gutiérrez Calderón, arcediano de la catedral de Valladolid, Juan quedó como heredero de todos sus bienes y rentas. Por ello, y «atento a los muchos maravedíes que Dios me ha dado y por aberme dado algunos bienes de la renta que he proveído por tiempo de más de 40 años en reconocimiento de ello y allarme libre y desocupado de herederos forzosos que pudiesen suceder en los bienes y haciendas»,46
Viendo que los bienes que poseía eran más que suficientes para remediar a todo aquel que pudiese, el piadoso canónigo palentino ordenó que, cuando los réditos de los censos que poseía alcanzasen los 1.000 ducados, estos serían aplicados para el remedio de una doncella honesta y recogida. Por ponerlo en perspectiva, esta cantidad era diez veces superior a la que percibía una alumna del colegio. De nuevo para acceder a dicha dotación se hacía necesario que la joven fuese familiar de doña Catalina, que tuviese al menos 14 años y que tomase estado —matrimonial o eclesiástico— en las tres o cuatro anualidades posteriores a la entrega de la dote.49
4. CONCLUSIONES
⌅Llegados a este punto no nos queda más que concluir que, el hallazgo de la escritura fundacional del Colegio de Niñas Huérfanas de Palencia, supone un gran avance para el estudio de la educación femenina del siglo XVI-XVII en dicha provincia. Un colegio que, bajo el patronato del cabildo catedralicio y al amparo de Nuestra Señora de la Visitación, se encargó de educar e instruir —con virtud, recogimiento y buena enseñanza— a niñas huérfanas sin recursos que contasen con entre 10 y 12 años. Por querer hacer buena obra a Dios, y evitar que esas pobres criaturas se malograsen, D. Juan Gutiérrez Calderón, no dudó en crear todo un entramado educativo para que llegado el momento pudiesen entrar en estado de religión o convertirse en esas abnegadas esposas y madres que la sociedad tanto anhelaba. Permaneciendo entre ocho y diez anualidades internadas en un régimen de total enclaustramiento (solo podían salir con el beneplácito del patrono y acompañadas por la rectora) asimilaban aquellos valores que se consideraban inherentes a su sexo: bondad, austeridad, piedad, obediencia, abnegación, sacrificio y lealtad. Siendo su cometido principal el remedio de estas, el fundador ordenó que, cada dos años, se dotase a la joven más necesitada y de mayor edad con 100 ducados para que de manera inmediata tomase estado. Una cuantía que, como ya hemos mostrado, era bastante superior a la entregada por otros colegios de semejante naturaleza como el gallego de Sanclemente, y que debía ser devuelta en caso de que no lo hiciera. El hecho de que en Palencia se fundase un colegio dedicado al recogimiento de niñas huérfanas nos habla de la preocupación existente en la ciudad por su protección, educación y recogimiento. Algo que hasta el momento intuíamos, pues Palencia no se sitúa al margen de las dinámicas e iniciativas sociales documentadas en otros puntos de la Corona castellana, pero que no podíamos confirmar debido a la falta de testimonios.
Aunque nos hubiera gustado aportar más datos acerca de las alumnas (identificación, procedencia o edad a la que ingresaban) o de la rectora, esto no ha sido posible debido a que, hasta el momento, no ha sido hallado registro alguno en el que se haga mención a estas. Cuestión que nos anima a seguir investigando la historia de la educación femenina en Palencia.